jueves, 7 de mayo de 2009

Cap. 10: El rodaje

Con mi nueva mochila y el estómago lleno, fuimos a los estudios donde se estaba rondando la película, siempre me lo había imaginado como un gran hangar en el que los cables y los focos poblaban cada rincón, pero lo que encontré no se parecía en nada. La verja de forja, decorada con flores de lis, cerraba el paso a un jardín lleno de palmeras y árboles tropicales que dejaban entrever los muros de una mansión. Entramos con el coche cuando nos abrieron desde el portero automático y circulamos por un camino asfaltado, rodeado de un auténtico vergel de flora, los olores que entraban a través de las ventanillas impregnaron el interior del coche con aromas dulzones de frutas tropicales.

Llegamos a un aparcamiento en el que había una decena de vehículos, me llamó la atención el contraste que había entre ellos, al lado de un deportivo negro deslumbrante, estaba una furgoneta absolutamente destartalada, perteneciente a una empresa de electricidad. Salió de la mansión a recibirnos un hombre joven, al que seguimos tras los saludos de rigor. Nos guió por un vericueto de pasillos y escaleras hasta una zona que parecía un campamento militar, cables, focos, cajas y todo tipo de aparatos que no identifiqué estaban esparcidos por el suelo sin orden ni concierto; los técnicos se movían entre todo este caos como bailarines en el ballet, sin tropezarse y sin añadir más caos al reinante en esos momentos.

Cuatro puertas conectaban esta sala de máquinas con el resto de habitaciones, una de ellas estaba dominada por una enorme cama cuadrada, era tan ancha como larga; también había un armario, una mesita y un pequeño sillón. En otra de las habitaciones estaba el baño, nunca en mi vida había visto un baño con dos retretes, era un auténtico espectáculo, una bañera para tres con grifos dorados, que espero, no fuera oro de verdad, me dejó con la boca abierta durante un buen rato. Qué diferencia, nosotros en casa de mis padres con un baño para todos y con ducha en lugar de bañera, por supuesto.

La tercera habitación se utilizaba como vestuario para los actores, cuando nos la enseñaron había un par de sementales dentro, uno blanco y otro negro, ambos medio tumbados en un sofá viendo la televisión. La cuarta la habían convertido en el cambiador para las actrices y como dice el refrán, había quedado lo mejor para el final. Era lo más próximo a la imagen que yo tenía del paraíso, casi una docena de chicas esparcidas por doquier, hacían que la habitación, que era enorme, pareciera ridícula. Rubias en camiseta, morenas en chándal, pelirrojas en ropa interior, un Arca de Noé de la diversidad femenina. Maquilladoras dando los últimos retoques, peluqueras secador en mano arreglando melenas o armadas de afeitadoras retocando pubis, reflejaban la escena del cielo en la tierra.

Ellas, ajenas a la intrusión que suponíamos en su mundillo, se desperezaban, fumaban, charlaban o reían en una imagen digna del mejor Jardín de las Delicias. Fue un auténtico manjar para la vista y una inmejorable promesa de lo que me iba a deparar ese día de rodaje. Con el paquete absolutamente empalmado nos llevaron de nuevo a la planta baja, Vends quería hablar con el director de algunos detalles de última hora, por lo que me dejaron a mi libre albedrío y con permiso para fisgar por donde quisiera.

En la cocina me encontré con dos o tres chicas preparando bocadillos para la comida, el ambiente parecía bastante festivo, tardaron en darse cuenta que había entrado. Me llamó la atención un cuenco lleno de agua, o al menos eso parecía, en el que flotaban imitaciones plásticas de penes, los había de varios tamaños y colores, uno incluso era una especie de tubo con un capullo en cada punta. Yo sabía para lo que se empleaban, casi todos al menos, pero nunca había visto uno en vivo, me sorprendió su realismo, se apreciaban hasta las venas. No me había dado cuenta que estaba prácticamente encima del cuenco de los aparatos hasta que oí una gran carcajada a mi espalda, todos en la sala me miraban y reían, comentando con gestos y burlas mi actitud hacia los susodichos artículos. Rojo como la grana me fui en busca de nuevas curiosidades que sabía me depararía este planeta, tan peculiar y distinto de todo lo que yo había visto hasta entonces.

Una vez empezado el rodaje, todo fue silencio y quietud, me prestaron una silla desde la que poder ver las escenas que se iban a rodar y unos auriculares para escuchar los diálogos, en realidad la escena no tuvo mucho diálogo, salvo los lamentos de las dos actrices y los resoplidos del actor que protagonizaron la escena, por lo que no fueron necesarios.

La simplicidad del guión me sorprendió, llaman a la puerta, una rubia cañón se levanta del sofá y abre, entra otra chica pelirroja, se dan besos de saludo con una clara connotación sexual, baja el chico con el torso desnudo por las escaleras y también saluda a la recién llegada. Abraza por la cintura a ambas mientras ellas posan sus manos en sus fornidos pectorales, un gran bulto se deja ver en el pantalón del actor y otro no tan grande en el mío.Y ya está, el resto es fácil de imaginar, las manos de la cintura se deslizan por los culos de las dos actrices mientras las manos de ellas bajan por los marcados abdominales hasta posarse encima del paquete. Besos con lengua en la distancia y pechos al aire en menos de tres minutos de rodaje, allí no se finge nada, todo es real y manipulado al mismo tiempo.

El director va indicando, al actor sobre todo, "saca el pecho izquierdo y lámelo", "sube la falda un poco más que no se bien", "id girando para que vuestros cuerpos queden frente a la cámara". La escena va subiendo de tono a medida que las actrices se mezclan con el actor, las combinaciones pene-boca, boca-boca, mano-pecho, se repiten y alternan una y otra vez. En la cama, los tres desnudos, al menos él, ya que ellas conservan los tacones de aguja, las medias y el portaligas. Una de ellas, conserva el sostén del que rebosan dos grandes tetas que se bambolean al compás de las acrobacias, se inicia un baile de rozamientos, poses y posturas inverosímiles que muestran a tres profesionales, nunca pierden el objetivo, siempre muestran a las cámaras que les siguen sus mejores o más bien, sus más interesantes partes.

Durante una de las tomas, estaba el chico tumbado boca arriba en la cama, tenía sentadas a horcajadas encima de su cara a la rubia y cabalgando sobre su pene a la pelirroja, el sudor perlaba su pecho y sus manos no daban abasto, pasaba de las tetas de una al culo de la otra, sin dejar a ninguna sin su ración, cuando el director empezó a gritar, se había colado uno de los técnicos por detrás de la escena y se le veían las piernas a través de la cortina.La bronca desembocó en un pequeño descanso, agua y toallas para todos, cinco minutos y se reanuda la secuencia, el actor retoma su posición y sus partenaires, algo más frescas tras el breve descanso, se frotan, teatralmente ansiosas contra todo lo que encuentran, pecho contra pecho, manos sobre coños y besos a tres bandas. Una bacanal que no me deja indiferente y que por lo que puedo observar a nadie del plató, grandes bultos despuntan bajo los pantalones, los cámaras, el del sonido, incluso Vends, que se retuerce en su silla intentando ocultar lo que es obvio para todos. Una de las maquilladoras, se frota contra el respaldo de una silla, no creo que fueran ladillas, debió ser ardor interno, nadie se escapa del clima sensual extremo que se vive en la habitación.

Dos horas de rodaje me demostraron que las posturas del Kama-Sutra se pueden llevar a cabo, pero requieren de entrenamiento, aprendí como pequeños trucos ayudaban a los actores a mantener el ritmo que supone el rodaje de una escena así y como los técnicos saben conducir la acción para ir conectando unas escenas con otras, dándole sentido al caos de posturas, indicaciones y tejemanejes que se llevan a cabo por toda la escena, haciendo que lo que ves en tu casa no se parezca en casi nada a lo que vi yo en directo.

La última escena que estaba previsto rodar era el orgasmo del actor, según figuraba en el guión, que había leído, este tenía que vaciarse sobre sus dos compañeras arrodilladas. Durante las últimas tomas, había notado como la erección del semental había ido bajando, se mantuvo a duras penas en un estado semierecto hasta el que el director gritó: “Coupent”. El descansen a la tropa no hubiera hecho más efecto, su pene se dobló sobre sí mismo de manera ridícula, sobre todo teniendo en cuenta que estaba delante de más de veinte personas. Las actrices, más duchas en este tipo de lances, aprovecharon para salir de la sala, hablaban entre ellas en inglés o alemán, no supe distinguirlo, pero no parecían muy contentas. Por lo que me explicó Vends, esto suponía prolongar al menos dos horas más el rodaje, debían esperar hasta que al tipo se le volviera a poner dura, incluso podría suceder, que no pudiera volver a funcionar, al fin y al cabo esto no es un mecanismo que si falla se engrasa un poco, se hacen unos ajustillos y listo, a funcionar. Estamos hablando de un apéndice que es totalmente independiente, podría incluso decirse que tiene su propia vida y mentalidad, no hace caso a nuestras llamadas de socorro, ni atiende súplicas, por supuesto, mucho menos órdenes o insultos. En el peor momento decide levantarse, dejando ver que es él quien manda y cuando más lo quieres se esconde en su caparazón, provocando complejos que duran años y años. Un viejo amigo mío decía que el miedo, es la primera vez que no puedes hacer el amor dos veces seguidas y el pánico la segunda vez que no lo puedes hacer una, imagínese lo que estaba pasando por la mente del artista-semental, delante de dos soberanas mujeres dispuestas para él y con más de veinte personas entre el público y el pajarito que no quiere salir para hacer la foto. En fin, sigamos con lo que sucedió aquel día.

Los murmullos se extendieron como un reguero de pólvora, el run-run fue creciendo, provocando una situación difícil de controlar, cuanto más crecían cuchicheos, más se le encogía el órgano al galán. Como medida extrema, una vez que se vio que aquello no funcionaba entró en la sala una chica vestida, esto que no hubiera llamado la atención en cualquier otro sitio, allí si lo hizo, ver a una mujer vestida en aquella sala chocaba bastante. Llevaba un pantalón vaquero y una camiseta, no era tan guapa ni tenía tan buen tipo como las actrices, pero demostró ser tan profesional como estas, no en las artes cinematográficas, pero si en las otras. Se arrodilló entre las piernas del pistolero sin pólvora y se introdujo el miembro en la boca, mientras le acariciaba el culo con una de sus manos. La felación duró unos diez minutos, se afanaba por hacer que aquello ganase consistencia pero no había forma. Se fueron al cuarto donde se vestían los actores, supongo que para ganar intimidad y ver si aquello reaccionaba.

Vends se apartó del plató con el director agarrado del brazo, cuchicheaban y parecían discutir algún tipo de solución que les permitiera continuar con el rodaje. Cuando volvieron, venían con una de las actrices. Era una chica de Checoeslovaquia o de Rumania, no lo recuerdo, pero si recuerdo el nombre, ya que después de aquel día, la he vuelto a ver protagonizando muchas otras películas. Se llamaba Mancamai Întreg, llevaba una bata floreada, que más que tapar, sugería a través de la ligera tela, todos los encantos con los que la sabia naturaleza había dotado a esta auténtica belleza del porno. Me pidieron que les acompañara, querían enseñarme algo, pero no comprendí que era por lo que les seguí a la planta baja del lujoso chalet, me quedé un par de pasos por detrás de ellos y poder así disfrutar de las estupendas vistas con las que me brindaba nuestra acompañante. La bajada de las escaleras me supuso más de un traspié, casi caigo rodando, el balanceo de las caderas ocasionaba un efecto de flan blandengue en los cachetes de su mofletudo culo, haciendo que mi erección creciese de una manera desproporcionada. Cuando llegamos a la cocina, casi no podía juntar las piernas, tenía las pelotas a punto de explotar y me dolía muchísimo la entrepierna, sobre todo las ingles que eran las que sujetaban todo el peso.

Entre Vends y el director me explicaron que sin el actor en pleno estado de forma, no habría manera de continuar, iban a perder muchísimo dinero, las actrices tenían otros compromisos y se veía comprometido todo el trabajo. En fin toda una serie de rodeos para finalmente pedirme que les ayudase con la última secuencia, la eyaculación. Yo me debatía entre dudas, cuando la actriz colgándose de mi hombro, apoyó una mano sobre mi paquete y la otra en la nuca, con manos expertas, bajó la cremallera del pantalón e intentó, sin éxito, extraer el miembro por la abertura. Soltó el cinto y el botón que sujetaban los pantalones haciendo que resbalaran hasta los tobillos. Tras el pantalón fue el calzoncillo, dejando al aire una soberbia rigidez, digna del más absoluto priapismo y unos testículos tan grandes como sus manos.

El asombro apareció en las caras de los tres personajes, Vends terminó de creer lo que le había contado Rassasi, me preguntaron si sería capaz de mantenerme así un rato más en lo que preparaban todo para el rodaje de la escena, pero Mancamai, mostró mucho más sentido común que ellos dos. No se podía rodar la escena en ese estado, estaba claro que el tamaño de semejantes atributos no se parecía en nada a los que tenía el actor que había participado en la escena, o la rodábamos de nuevo conmigo como protagonista o se notaría tanto que no valdría para nada. Estuvieron discutiendo entre ellos durante varios minutos hasta que logré que me escuchasen, no estaba dispuesto a ser el protagonista de la escena, había una alternativa, pero antes de seguir adelante, deberíamos hablar de algunos. Vends, que para las cosas del dinero era muy espabilado, enseguida lo comprendió y me ofreció un jugoso cheque que me ayudaría a cubrir “mis gastos”, no podía ofrecerme un contrato ni nada por el estilo por lo que la fórmula me pareció adecuada. Aún quedaba pendiente el tema de mi cara, no saldría en ninguna toma ni mi rostro ni nada que pudiera identificarme, eso lo dejé claro desde el principio.

Siguiendo con la propuesta que yo les había hecho, nos quedamos la actriz y yo solos en el cuartito que hacía las veces de despensa. La intención era descargar antes de poder rodar alguna escena, ya que como bien dijo Mancami, sólo consiguiendo un tamaño normal podría hacerme pasar por el actor en esa última escena. De manera un tanto tímida al principio, fuimos besándonos, nos acariciamos y jugueteamos con nuestros cuerpos. Comprobé con cierto descaro, que el flan que me había parecido su culo cuando bajaba las escaleras, realmente era más bien natillas y que a pesar de no haberme gustado nunca ese postre, en este caso, lo estaba disfrutando de lo lindo. Enseguida se le irguieron los pezones, pequeños para el gran tamaño de los pechos, pero duros como punzones estaban a punto de rasgar la delicada tela de la bata que los cubría. Noté con gran sorpresa, que ella era muy experta en el arte del cine, pero muy retraída en lo que se refiere a las relaciones personales, se la notaba retraída en algunos momentos, sobre todo cuando se producía algún ruido al otro lado de la puerta, como si pensase que nos estaban espiando y no la gustara.

Echamos un auténtico polvo, no muy largo pero si intenso, sin posturas raras, ni aspavientos, ni gritos enloquecidos, no me costó mucho olvidar que lo estaba haciendo con una profesional del séptimo arte, creyendo incluso por su forma de moverse que lo disfrutó. Con el día de sobrecalentamiento que llevaba la descarga fue un auténtico torrente, procuré apartarme de ella todo lo que pude a la hora de soltar la andanada, al fin y al cabo no dejaba de ser una compañera de trabajo, pero fue inevitable que alguna gota le cayese encima.

Fuera del cuarto nos esperaban el director y mi manager, ansiosos por recibir los comentarios sobre lo sucedido, pero la cara de estupor de ella lo decía todo, no encontraba palabras para describirlo, gestos de olas en el aire y explosiones como geiseres indicaron, mejor que mil palabras lo que había sucedido. Solo creyeron cuando vieron, entraron en la sala donde habíamos copulado para cerciorarse que lo que habían entendido era real. El enorme charco del suelo les hizo comprender realmente el alcance del diamante en bruto que tenían en sus manos.

domingo, 19 de abril de 2009

Cap. 9: Doble Intención

Con la tranquilidad que da saber que tus necesidades básicas están cubiertas, seguimos el viaje. Una de las últimas paradas antes del destino final, coincidió con una ciudad bastante grande comparada con las demás que habíamos visitado. El matrimonio mantuvo una de sus constantes discusiones, tras la cual el marido se ausentó durante todo el día. Era casi medianoche cuando regresó y lo hizo acompañado de un extraño al que tampoco conocía Rassasi.
Vestía un elegante traje gris en el que resaltaba una corbata de gran nudo que ocupaba gran parte de su cuello. Los gemelos de la camisa llamaban la atención por el brillo de las gemas que tenían incrustadas.
Fuimos en el coche de este señor a cenar a un restaurante, deduje que era italiano ya que tanto el nombre como la decoración evocaban a este país y que se encontraba en una calle peatonal en el mismo centro de la ciudad. Rassasi me pidió la primera pizza que había comido en mi vida. No supe exactamente que era, cuando la sirvieron, esperé educadamente hasta que vi como la comían los demás, ya que no tenía claro como debía hacerlo. El hombre de gris, creo que se llamaba Vends de la Viande, no probó bocado durante toda la cena, no me gustó su forma de mirarme, como si me estuviera estudiando y me mantuvo en alerta toda la velada, dispuesto a salir corriendo en cuanto la ocasión se volviese peligrosa o su curiosidad por mí superase la barrera de la ética.
Noté que hablaban de mí por referencias, aunque desconocía en esencia lo que se estaba tramando. A medida que discurria la cena, Rassasi estaba cada vez más alterada, enfrentándose directamente a su marido y razonando de manera más suave con el visitante, al que le explicaba sus puntos de vista con tranquilidad.
Al finalizar la cena, habían llegado a una especie de acuerdo, las sonrisas del invitado y la actitud más relajada de madame me tranquilizaron en cierta medida, no desconfiaba en absoluto de ella, por lo que pensé que no podría pasarme nada malo. La cara de satisfacción del marido de Rassasi fue el único punto de intranquilidad, tenía la expresión del que ha cenado la mejor parte del pollo y el resto de los comensales se han quedado con las migajas.
En el coche del visitante, de camino hacia la furgoneta, que habíamos aparcado a las afueras de la ciudad, Rassasi, con su mano apoyada en mi muslo me fue contando quien era este señor, por qué habían estado hablando tanto rato de mi y cuál había sido la causa de la discusión. El señor era un personaje en el mundillo del cine, representaba a artistas, buscaba nuevos talentos, producía películas, etc. Me costó bastante tiempo comprender lo que me estaba explicando ya que no entendía nada de cine y todas esos términos me eran ajenos, tuvo que dar muchos rodeos hasta que logré entender lo que me estaba explicando, por lo que Rassasi me contó y yo entendí, Jenetien, había contactado con él para hablarle de mi talento. Estaba seguro que había entendido lo que me estaba diciendo pero no comprendía cual era mi talento para que un representante de artistas se interesara por mi persona. Llegamos al aparcamiento donde teníamos la furgoneta, pero no había terminado de explicarme todo, estaba costando mucho llegar al meollo de la cuestión. Cuando la pregunté qué talento tenía yo que interesara a este señor, la explicación me dejó más sombras que luces, pero no insistí. Sí entendí que tenía una propuesta para aprovechar en el cine mi especial habilidad, incluso dijo que podría llegar un día a protagonizar mis propias películas si lo que le habían contado la pareja era cierto. Yo no me imaginaba con sombrero calado y besando a Ingrid Bergman con el ruido de los motores de un avión como fondo, quizás debería pensar más en positivo en lo que se refiere a mi persona, pero la realidad se impone tristemente a la imaginación.
Mi juventud y candidez no me permitieron, inicialmente darme cuenta de lo que me estaban proponiendo, hasta que me especificó que dentro del mundo del séptimo arte había algunas clasificaciones que no eran del todo arte, pero seguían siendo cine, este tipejo se dedicaba al cine porno y mi talento no era otro que mi enfermedad. Aún así no lograba ver la conexión entre mi problema y el porno. Yo no era un gran entendido en el género, lo que había visto me indicaba que no encajaba en el perfil, mi físico no se parecía a ninguno de los actores que había visto y eso que en la época en la que sucedió esto, los actores no eran como los de hoy en día, tipos musculosos y superdotados, incluso artificialmente, en aquel entonces los actores eran tipos más bien normales, con su pelo en pecho y grandes bigotes que usaban para hacer cosquillas en sus partes a las actrices y a los que no les importaba mostrar en público sus partes menos públicas.
Necesité otra buena hora de charla para terminar de entender la situación y tomar conciencia de lo que me estaban proponiendo. Pregunté si la actriz sería Rassasi, lo que provocó una cálida sonrisa en ella y un monumental cabreo en su marido, pero el pornógrafo enseguida intervino, aclarando que ella no estaría incluida en el contrato. Al ver reflejadas en mi cara las dudas que me asaltaban, el señor De la Viande, que era un auténtico profesional de los negocios, me tentó, enumerando todas las ventajas y beneficios que obtendría al trabajar con él en ese mundo. Fueron muchas las razones que me convencieron para dar el sí definitivo, grandes coches, chicas rendidas a mis pies, mi propio club de fans y por último una gran suma de dinero que estaría a mi disposición. El único sacrificio que se me pedía era que en lugar de expulsar de manera privada en una toallita el líquido que se acumulaba en mi interior, lo hiciera delante de una cámara y por encima de una actriz porno. Menudo sacrificio, esto es sufrir y lo demás son tonterías.
Quedamos al día siguiente en su oficina para firmar los contratos y todos los trámites de manera que pudiéramos empezar cuanto antes. Jenetien se fue con el cineasta y nos quedamos Rassasi y yo solos en la furgoneta, la notaba algo rara, pero no quise preguntar el motivo, podría ser por haber aceptado yo la oferta o porque seguramente dejaríamos de vernos en breve, aunque esto no era una explicación muy plausible, sobre todo sabiendo que estábamos llegando a mí destino y no tenía ninguna intención de renunciar a Laisse ni por una vida en una auto-caravana, ni por muchos polvos que hubiéramos echado en ella.
Rassasi me llevó a la cita, antes de subir a su oficina, fuimos a desayunar. Durante el desayuno, me dijo que tuviera cuidado con él, que no firmara nada que no entendíera y que cualquier duda o pregunta la hiciera sin miedo antes de consentir con nada, que ella me ayudaría lo que pudiera.
La oficina estaba dividida en dos salas, una que hacía las veces de sala de visitas y otra que era el despacho del cineasta. En la sala de visitas había una secretaria que no dejó de hablar por teléfono durante el rato que estuvimos esperando. Las paredes estaba decoradas con los posters de las películas que teóricamente había producido o colaborado el que pretendía ser mi representante. Era un pequeño museo del porno, carteles de pelis que a mí me sonaba haber visto, Deep Throat, California Gigolo y un largo etcétera. También había fotos de actores y actrices, féminas mayoritariamente, con autógrafo incluido, algunas de las cuales me habían servido para incentivar la imaginación y liberar mi pesada carga en otros tiempos no tan remotos como me pareció en esos momentos.
Rassasi se sentó en un sillón y cogió maquinalmente una revista para hojearla, pero en cuanto vio el contenido la soltó como si de una serpiente se tratase, la revista, cayó abierta por las páginas centrales, dejando ver perfectamente un gran cipote entrando en el minúsculo coño de una rubia sorprendentemente dotada. Todo allí evocaba al porno-mundo, no había dudas de la ocupación del susodicho personaje. Tras más de una hora de espera, Vends, salió del despacho para recibirnos, nos hizo pasar a un confortable cuarto forrado de estanterías llenas de libros y una bonita mesa labrada de madera, vi un portarretratos orientado hacia la silla de trabajo, pero no pude ver la foto, no me hubiera sorprendido que fuera una de sus hijas en lugar de una de sus actrices, el ambiente del despacho era diametralmente opuesto al de la sala de visitas, como si el porno sólo fuera para sus clientes.
La secretaria nos trajo café y galletas, apenas había reparado en ella cuando estuvimos en la sala de espera, pero cuando se inclinó para servir el café del jefe, pude mirar asomado al escote un bonito sostén negro que resaltaba de manera espectacular con el blanco de la camisa. Encaje negro balconé que mostraba a través de la tela transparente unos pezones oscuros. La visión unida a los movimientos sensuales que sugerían una ocupación muy distinta a la actual, provocaron una erección en mi adormilado compañero y que se mantuvo hasta que salió del despacho.
Mi representante, me entregó una serie de documentos para que los firmara y siguiendo el consejo de Rassasi los leí con detenimiento, preguntando todo aquello que no entendía, sólo recuerdo una de las objeciones que planteé -“¿Tengo que desnudarme en las películas? Y si es así, ¿se verá mi cara?”– viéndolo con la perspectiva del tiempo, puede parecer estúpida la pregunta, pero en ese momento lo que más me quitó el sueño durante esa noche fue que me viera mi madre chingando en una película, lo que me faltaba, que no hubiera recibido noticias mías en no sé cuantos días y ahora me viese posando en la portada de un video porno en el videoclub.
Cuando todo quedó aclarado y las pegas que puso Rassasi quedaron plasmadas en el contrato, lo firmé y quedó sellado con un fuerte apretón de manos. Fue ese momento el que aprovechó Rassasi para decirle a mi representante que había firmado un contrato con un menor de edad y que a menos que tuviera la autorización paterna o de su representante legal, aquello no serviría para nada, incluso dado el tipo de negocio, podía ser considerado como un delito. La cara le cambió en un momento, se reclinó en el respaldo del sillón y el sudor le perló la frente. Tardó algunos segundos en reaccionar, supongo que estaría esperando ver entrar en el despacho a la policía de un momento a otro, pero al ver que eso no ocurría, intentó enfrentarse a la estafadora, discutieron o más bien Rassasi le dejó las cosas claras, él apenas dijo nada, sólo escuchaba y asentía mientras se frotaba las manos con nerviosismo. Hablaban atropelladamente y no pude entender casi nada de lo que dijeron. La conversación finalizó cuando Vends, sacó un talonario del escritorio, firmó un cheque y se lo entregó a ella. Inmediatamente lo dobló y lo guardó en su bolso sin siquiera mirar la cifra que había escrita en él, se giró hacia mí y agarrándome los mofletes me plantó un beso en los labios, me dijo -“Au revoir, mon petit étalon”- y se marchó sin más, dejándome allí plantado con cara de tonto.
Me quedé tan bloqueado que no supe reaccionar y cuando quise darme cuenta ya se había ido, en ese momento me sentí engañado, humillado, como si fuera un fenómeno de feria que se podía vender y comprar. La muy sinvergüenza se había dedicado a explotarme sexualmente para luego traspasarme al siguiente propietario. Tampoco quiero engañarle con falsos sentidos de vergüenza o humillación, no me duró mucho el cabreo, enseguida me di cuenta que todas mis pertenencias se habían quedado en la auto-caravana, no tenía ni una triste muda para cambiarme de ropa.
Cuando me levanté para marcharme, el señor De la Viande se levantó conmigo, se le veía cavilando, indeciso. Al tenderle la mano para marcharme, me preguntó si tenía con quien quedarme o dinero para buscar algún sitio, la respuesta fue evidente, todo cuanto tenía se lo habían quedado mis explotadores. Me propuso un trato, si yo le ayudaba a él, el me ayudaría a mí. Se comprometía a pagarme lo mismo que a sus actores si colaboraba en una película, pero tenía que ser con sus condiciones, -“ Il n'y a pas affaire“-, no hay trato, ya me buscaría la vida para salir adelante, le pedí que me dejase marchar, no pensaba denunciarle ni nada por el estilo. Al ori la palabra policía se produjo un radical cambio de actitud, se ofreció a ayudarme sin ninguna contrapartida.
Como muestra de buena voluntad, rompió el contrato delante de mí y cogiendo las llaves de su coche me llevó de compras. Entramos en unos grandes almacenes y compré algunas cosas, una mochila para sustituir la que tenía y un poco de ropa para poder cambiarme. Mientras tanto, le fui contando mi historia a Vends, una mezcla de lo que les había contado a mis anteriores mecenas y lo que habíamos hecho juntos durante el viaje.
No oculté ningún detalle sobre lo que había sucedido en la autocaravana, Vends me hizo pocas preguntas, casi todas pidiéndome más detalles sobre las relaciones sexuales que mantuvimos Rassasi y yo. Cuando me preguntó más detalladamente sobre los aspectos de mi talento, le esquivé ya que pensé que no debía contarle nada al respecto del problema, le dije que siempre había sido así, en cuanto a volumen y número de emisiones, le dejé ver que para mi aquello era lo normal al no tener con qué realizar comparaciones.Doy por sentado que no me creyó, o al menos no todo lo que le conté, pero tuvo la delicadeza de no decir nada al respecto. Al despedirnos, me invitó a ver un rodaje que tenía esa misma mañana, para quitar el mal sabor de boca. Una oferta así no se puede rechazar.

Cap. 8: El juegos de las Torres

Tras varios días de monótono viaje atravesando el sur de Francia, la intimidad entre Rassasi y yo creció sustancialmente, en gran medida gracias al pasotismo que mostraba su marido con respecto a lo que hacía o dejaba de hacer su esposa. Casi todas las noches el buen hombre se iba a dar un paseo o a la cafetería más cercana si la parada se llevaba a cabo en zona civilizada, por lo que teníamos la cama para nosotros solos durante al menos un par de horas. Una noche incluso llegamos a dormir juntos ya que el lamentable estado de embriaguez con el que volvió no le permitió ni abrir la puerta de la auto-caravana.

El que Rassasi se sentase conmigo en el asiento trasero, se había convertido en una rutina para ambos, de manera que las lecciones de francés que recibía todos los días, consiguieron que mejorara, tanto a nivel hablado como de aguante físico. Las horas de carretera mejoraron mi pronunciación y riqueza lingüística, las horas de cama mi paciencia sexual y mi formación clásica en cuanto a posturas se refiere, he de reconocer que fue se comportó como una maestra con su alumno en todos los aspectos.

Al llegar al valle del Loira, Rassasi propuso que nos desviásemos hacia uno de los castillos que hacen famosa esa zona para que pudiéramos visitarlo. Ignorante de mí, no sabía ni de que estaba hablando, pero ella pacientemente me fue explicando lo que íbamos a ver. Por supuesto, Jenetian no quiso venir con nosotros, nos llevó hasta la entrada y se marchó al pueblo cercano. En la entrada, nos encontramos con una larga cola ante la puerta que daba acceso al Chateau, una fila de variopintos personajes que salieron disparados en cuanto el guardia de seguridad levantó la barrera de entrada. Ni Rassasi ni yo teníamos prisa, nos considerábamos afortunados como todos los que viajan como lo hicimos nosotros. El hecho de viajar con la casa a cuestas nos permitía ir con tranquilidad y no tener que correr para poder ver en de dos horas lo que nos encontrábamos de camino. Ni teníamos que ir como el ganado tras el pastor, ni nos esperaba un autobús para continuar con la excursión.

Disfrutamos de los bellísimos jardines cogidos de la mano, una imagen ambigua, por la diferencia de edad existente entre ambos, que seguro dio lugar a malinterpretaciones, pero que no impidió que siguiéramos adelante con nuestra representación. En cada recoveco del laberinto arbóreo por el que paseamos nos acariciábamos subrepticiamente, sus manos recorrían mi espalda o se perdían dentro de los bolsillos de mis pantalones cuando me abrazaba por la espalda. El juego me mantuvo en permanente estado de excitación, provocado tanto por sus caricias como por el miedo a que nos sorprendieran en una actitud tan poco decorosa. Nos movíamos entre los requiebros y los escondrijos del laberinto, cada rinconcillo se convertía en un ring en el que los contendientes pujaban por alcanzar el premio escondido bajo las ropas, cada banco en un tálamo improvisado en el que imitábamos las posturas llevadas a cabo horas antes en la intimidad de nuestra casa rodante.

Rassasi llevaba puesto un amplio vestido floreado, la llegaba casi hasta los tobillos, pero dejaba al aire los hombros, mostrando el nacimiento de los pechos, no llevaba ropa interior - como pude comprobar – en cada abrazo notaba sus pezones clavarse en mi pecho, yo colaba la mano entre nuestros cuerpos para apretarlos con dureza, lo que provocaba un endurecimiento mayor. Cada roce se convertía en un cúmulo de sensaciones febriles que nos dejaban jadeando hasta la siguiente oportunidad que encontrábamos para ocultarnos y continuar con nuestro sádico juego.

Localizamos una especie de glorieta rodeada de altos arbustos y con fuentes que lanzaban sus chorritos al aire con melancólico desinterés, un banco permanecía oculto en la espesura en el que muchas generaciones de enamorados se habrán besado con el transcurrir del tiempo. Tras el banco, una pequeña estatua en un pedestal, también de piedra, de Cupido con su arco y con la punta de la flecha rota, quizá por desamor, quizá por efectos del tiempo que nunca transcurre en balde. Nos acercamos al dios sin mucho respeto, con la clara intención de magrearnos escondidos entre el follaje y disfrutar del momento abrazados por el cantar del agua de las fuentes. La imagen idílica que tengo del momento se nubló en cuanto Rassasi me colocó de espaldas al banco, de manera que ella pudiera vigilar y advertir la llegada de visitantes indeseados que nos importunaran.

Su lengua se apoderó de mi boca, la retorcía y giraba, demostrando que su estado de excitación era muy similar al mío, yo no perdí el tiempo, sujetando sus nalgas con mis manos, tiré de ella hacia mí, acomodando mi verga entre sus piernas. Bailamos al compás de la música de fondo que nos proporcionaban las fontanas, balanceando nuestras caderas y frotándonos por encima de la ropa. Imagínese como estaba mi entrepierna tras más de una hora de faje, el tamaño desproporcionado de mis pellas no permitían que pudiésemos continuar con el frotamiento, no me dejaban llegar con el espolón a buen puerto. Se puso en cuclillas y sacando mi aparato de su cubículo aligeró la presión que estaba soportando, necesitó de las dos manos y de cierta habilidad para extraer los dos globos que se comprimían en el interior.

Se introdujo la cabeza roja en la boca y descendiendo por el tallo, ensalivó todo lo que encontró a su paso, la ligera brisa que corría, sirvió para contrarrestar el aliento y la cálida saliva que esparció con la lengua a lo largo del cipote. Engulló todo lo que pudo, la imagen que me evocó al hacerlo y viéndola desde arriba, fue la de esos pájaros con un gran buche que hinchan durante el cortejo, mis dos pelotas se asomaban a los lados de su cuello cada vez que mi baluarte se introducía en su garganta en una imagen más cómica que erótica. No tardé mucho en descargar, sujetándola de la frente, la extraje de su boca y me la sacudí enérgicamente para terminar lo que había empezado. Cupido recibió gran parte de la descarga, el resto fueron cayendo al suelo mientras espasmos incontrolados me sacudían de la cabeza a los pies.

Una vez logrado que mis testículos volvieran a su tamaño normal, nos colocamos las ropas lo mejor que pudimos y seguimos con nuestro paseo. Rassasi seguía muy excitada, llevábamos una mañana muy ajetreada y ella aún no había obtenido su propia satisfacción, no tardamos en encontrar otro escondido pasaje en el que devolví los favores prestados, el recuerdo de su sabor aún permanece en mi memoria.

Tras el espléndido paseo por los jardines, nos dirigimos al interior del castillo, era un conjunto de construcciones de piedra resplandeciente por la que parecía que no había pasado el tiempo ya que se había mantenido en perfecto estado.

Una vez dentro del castillo, disfrutamos viendo las grandes salas, los muebles cargados de adornos y tapices enormes que cubrían las paredes. Los excursionistas que hacían cola a nuestra llegada ya se marchaban cuando nosotros entramos, por lo que prácticamente éramos los únicos visitantes que quedaban. No tardamos mucho en volver a magrearnos a la menor ocasión, estábamos en un permanente estado de enardecimiento que nos empujaba a uno en brazos del otro.

La ausencia de visitantes y de vigilantes nos daba cierta libertad para nuestro solaz, en las escaleras de subida a una de las torres, Rassasi se levantó la falda dejando al aire su esplendoroso trasero, el vaivén de sus glúteos mientras subía los escalones, dejaba entrever la negra mata de pelo que ocultaba su hendidura, cuando llegamos a la azotea del torreón, había dos mástiles, uno de madera del que pendía una enseña del castillo y otro dentro de mis pantalones. Manteniendo su falda enrollada en los riñones, se asomó a una saetera, el culo en pompa orientado hacia mí, provocó aún más mi lascivia, me aproximé a su retaguardia con la bayoneta calada y empecé a restregar mi aparato por la raja de su culo. Con una mano me sujetaba de la cadera, mientras con la otra acariciaba el clítoris, que sobresalía de una manera considerable entre los pliegues de su chumino. -“Entrez!” – fue una orden, no un consejo, me bajé los pantalones hasta las rodillas y de un golpe de riñón me introduje hasta las ingles. A punto estuvimos de irnos los dos abajo por la fuerza del envite. El sudor resbalaba por mi frente por la velocidad con la que copulábamos, un cúmulo de sensaciones me invadió en esos momentos pasando a formar parte de uno de los mejores de mi vida, las vistas eran espectaculares, toda la campiña francesa en nuestra mirada y la media luna del culo de Rassasi en mis lomos.

-“Ne finisses pas encore, continue …”- repetía una y otra vez, pero el hombre propone y Dios dispone, un ruido en la escalera nos obligó a desalojar el cálido abrazo rápidamente y de la forma más disimulada que pudimos –yo al menos- nos colocamos nuestras vestiduras y dando la espalda a la puerta, guardé mis mastodónticas pelotas dentro del pantalón. Rassasi para disimular, me explicó los distintos lugares que desde allí arriba se veían, mientras los dos visitantes que nos habían interrumpido también se asomaban al parapeto y escupían al suelo como los niños desde los balcones.

Riéndonos a carcajadas, bajamos la escalera del torreón, esta vez sin juegos ya que era demasiado empinada y una caída podía traer serias consecuencias. Subimos y bajamos al menos otras cuatro torres más esa mañana, en todas ellas practicamos el coitus interruptus, no como medida de prevención de embarazos, sino obligados por las circunstancias, nos divertíamos subiendo a la carrera para ganar unos segundos a los visitantes que nos seguían y poder dedicarlos a sacarle brillo a nuestros instrumentos. Fuimos variando las posturas en cada una, lo que se convirtió de alguna manera en una repaso a las lecciones de la auto-caravana y una ruptura con la rutina monacal que habíamos llevado hasta entonces.

En la última torre y justo cuando estábamos empezando el divertimento me pareció escuchar un ruido que provenía de la escalera, inmediatamente desenfundé y me giré para poder guardar mis partes a buen recaudo. Rassasi se asomó a la escalera pero ni vio ni oyó a nadie, por lo que enseguida continuamos con nuestros menesteres. Me senté en el alféizar de la saetera mientras ella subía y bajaba sus lomos, se sentaba y se incorporaba para hacer que el émbolo se encasquetase hasta el fondo del pistón, las vistas panorámicas no eran tan buenas como las de otras posturas pero las focalizadas me estaban llevando al séptimo cielo.

Estaba a punto de llegar al orgasmo cuando se me ocurrió hacer como los visitantes y lanzar mis jugos desde la torre, saqué el pene de la funda y girándome sobre el precipicio comencé a soltar el lastre, la descarga fue tan brutal que se me doblaron las rodillas. Tuve que sentarme unos minutos antes de bajar ya que apenas me mantenía de pie. Durante el descenso empezamos a oír voces en el patio, como si hubiera una pelea, me asomé a una de las ventanas y vi que en el patio se habían concentrado unos cuantos guardias de seguridad del castillo alrededor de los dos excursionistas, observaban que uno de ellos tenía grandes manchurrones de un líquido espeso que se limpiaba con un pañuelo mientras señalaba a lo alto de la torre de la que estábamos bajando en esos momentos. No me había fijado cuando solté mi carga de qué lado estaba el patio, por lo que deduje que le había caído todo encima a ese pobre hombre.

La situación era algo comprometida, ya que si bajábamos en ese momento, nos culparían a nosotros y tendríamos que explicar demasiadas cosas, pero no teníamos otro camino para poder bajar, nos encontrábamos en un callejón sin salida. Escondí la cabeza para que no me vieran y empecé a pensar en una solución. Agarré a Rassise de la mano y corrí por las escaleras buscando una puerta por la que salir de la torre sin llegar al patio mientras le indicaba que guardase silencio.

Le intenté explicar a Rassise lo que estaba sucediendo, pero mi manejo del idioma no era tan bueno como para hacerme entender por lo que la pedí que me espera en el patio y que yo me reuniría enseguida con ella y que si le preguntaban algo abajo, dijera que ella había subido sola y que yo estaba buscando un baño, al menos podía ganar unos minutos en lo que se me ocurría que hacer para salir de allí sin que me acusasen de escándalo público o vaya usted a saber, qué otro tipo de delito constituía el hecho de tirarle medio litro seminal encima a un excursionista.

Llegamos casi al patio y no vimos ninguna puerta por la que salir, dejé a Rassise para que continuara con el plan trazado y volví sobre mis pasos mirando todas las ventanas que encontraba intentando salir por alguna de ellas. En la penúltima planta encontré una que conducía a un tejado y por ella salí, caminando despacio por encima de las tejas llegué hasta otra ventana, pero estaba cerrada, la única forma de abrirla era rompiendo el cristal.

Me puse a buscar una teja suelta con la que romper el cristal y al no encontrar ninguna, cambié de agua del tejado para seguir buscando. Al final de este lado había otra ventana que si conseguí abrir.

Tras muchas vueltas por el castillo logré encontrar el patio, allí seguían discutiendo varios guardias con el pringado, Rassise me esperaba luchando denodadamente por no reírse ante lo cómico de la situación.

Al llegar yo, todas las miradas se centraron en mi persona, pero la dirección desde la que venía les dejó descolocados y no supieron como involucrarme. La atención que me estaban dedicando se disipó cuando uno de los guardias les empezó a gritar desde encima de la torre, yo no entendí bien, pero aprovechamos ese momento para marcharnos por donde habíamos venido, o mejor dicho por donde debíamos continuar con la visita.

Llegamos a un saloncito cuyas paredes estaban forradas de espejos, mirases donde mirases te veías reflejado en alguno de ellos, era una sensación extraña e inquietante. Mi partenaire empezó a girar, viendo su reflejo en el techo, sus faldas producían una sensación de irrealidad muy graciosa y me recordaba a esos anuncios televisivos en los que paraguas abiertos giran y giran sin objetivo alguno.

Cuando bajé la vista del techo me encontré con mil culos que se convertían en mil chochos a cada vuelta que daba, todos para mí. Me acerqué a mi peonza bailarina y me rendí al espectáculo, mil caras me sonreían sin parar, demostrándome una vez más que esta mujer tenía una imaginación sensacional para los temas del sexo y que yo era el alumno con suerte al que su profesora le dedica una especial atención.

Cuando ya salíamos, al finalizar la visita, vimos a nuestros amigos que seguían hablando con los guardias, esta vez Rassise y yo nos miramos, no pudimos contener una carcajada recordando el episodio que acabábamos de protagonizar y del que pudimos salir mal parados sin duda ninguna.