domingo, 19 de abril de 2009

Cap. 9: Doble Intención

Con la tranquilidad que da saber que tus necesidades básicas están cubiertas, seguimos el viaje. Una de las últimas paradas antes del destino final, coincidió con una ciudad bastante grande comparada con las demás que habíamos visitado. El matrimonio mantuvo una de sus constantes discusiones, tras la cual el marido se ausentó durante todo el día. Era casi medianoche cuando regresó y lo hizo acompañado de un extraño al que tampoco conocía Rassasi.
Vestía un elegante traje gris en el que resaltaba una corbata de gran nudo que ocupaba gran parte de su cuello. Los gemelos de la camisa llamaban la atención por el brillo de las gemas que tenían incrustadas.
Fuimos en el coche de este señor a cenar a un restaurante, deduje que era italiano ya que tanto el nombre como la decoración evocaban a este país y que se encontraba en una calle peatonal en el mismo centro de la ciudad. Rassasi me pidió la primera pizza que había comido en mi vida. No supe exactamente que era, cuando la sirvieron, esperé educadamente hasta que vi como la comían los demás, ya que no tenía claro como debía hacerlo. El hombre de gris, creo que se llamaba Vends de la Viande, no probó bocado durante toda la cena, no me gustó su forma de mirarme, como si me estuviera estudiando y me mantuvo en alerta toda la velada, dispuesto a salir corriendo en cuanto la ocasión se volviese peligrosa o su curiosidad por mí superase la barrera de la ética.
Noté que hablaban de mí por referencias, aunque desconocía en esencia lo que se estaba tramando. A medida que discurria la cena, Rassasi estaba cada vez más alterada, enfrentándose directamente a su marido y razonando de manera más suave con el visitante, al que le explicaba sus puntos de vista con tranquilidad.
Al finalizar la cena, habían llegado a una especie de acuerdo, las sonrisas del invitado y la actitud más relajada de madame me tranquilizaron en cierta medida, no desconfiaba en absoluto de ella, por lo que pensé que no podría pasarme nada malo. La cara de satisfacción del marido de Rassasi fue el único punto de intranquilidad, tenía la expresión del que ha cenado la mejor parte del pollo y el resto de los comensales se han quedado con las migajas.
En el coche del visitante, de camino hacia la furgoneta, que habíamos aparcado a las afueras de la ciudad, Rassasi, con su mano apoyada en mi muslo me fue contando quien era este señor, por qué habían estado hablando tanto rato de mi y cuál había sido la causa de la discusión. El señor era un personaje en el mundillo del cine, representaba a artistas, buscaba nuevos talentos, producía películas, etc. Me costó bastante tiempo comprender lo que me estaba explicando ya que no entendía nada de cine y todas esos términos me eran ajenos, tuvo que dar muchos rodeos hasta que logré entender lo que me estaba explicando, por lo que Rassasi me contó y yo entendí, Jenetien, había contactado con él para hablarle de mi talento. Estaba seguro que había entendido lo que me estaba diciendo pero no comprendía cual era mi talento para que un representante de artistas se interesara por mi persona. Llegamos al aparcamiento donde teníamos la furgoneta, pero no había terminado de explicarme todo, estaba costando mucho llegar al meollo de la cuestión. Cuando la pregunté qué talento tenía yo que interesara a este señor, la explicación me dejó más sombras que luces, pero no insistí. Sí entendí que tenía una propuesta para aprovechar en el cine mi especial habilidad, incluso dijo que podría llegar un día a protagonizar mis propias películas si lo que le habían contado la pareja era cierto. Yo no me imaginaba con sombrero calado y besando a Ingrid Bergman con el ruido de los motores de un avión como fondo, quizás debería pensar más en positivo en lo que se refiere a mi persona, pero la realidad se impone tristemente a la imaginación.
Mi juventud y candidez no me permitieron, inicialmente darme cuenta de lo que me estaban proponiendo, hasta que me especificó que dentro del mundo del séptimo arte había algunas clasificaciones que no eran del todo arte, pero seguían siendo cine, este tipejo se dedicaba al cine porno y mi talento no era otro que mi enfermedad. Aún así no lograba ver la conexión entre mi problema y el porno. Yo no era un gran entendido en el género, lo que había visto me indicaba que no encajaba en el perfil, mi físico no se parecía a ninguno de los actores que había visto y eso que en la época en la que sucedió esto, los actores no eran como los de hoy en día, tipos musculosos y superdotados, incluso artificialmente, en aquel entonces los actores eran tipos más bien normales, con su pelo en pecho y grandes bigotes que usaban para hacer cosquillas en sus partes a las actrices y a los que no les importaba mostrar en público sus partes menos públicas.
Necesité otra buena hora de charla para terminar de entender la situación y tomar conciencia de lo que me estaban proponiendo. Pregunté si la actriz sería Rassasi, lo que provocó una cálida sonrisa en ella y un monumental cabreo en su marido, pero el pornógrafo enseguida intervino, aclarando que ella no estaría incluida en el contrato. Al ver reflejadas en mi cara las dudas que me asaltaban, el señor De la Viande, que era un auténtico profesional de los negocios, me tentó, enumerando todas las ventajas y beneficios que obtendría al trabajar con él en ese mundo. Fueron muchas las razones que me convencieron para dar el sí definitivo, grandes coches, chicas rendidas a mis pies, mi propio club de fans y por último una gran suma de dinero que estaría a mi disposición. El único sacrificio que se me pedía era que en lugar de expulsar de manera privada en una toallita el líquido que se acumulaba en mi interior, lo hiciera delante de una cámara y por encima de una actriz porno. Menudo sacrificio, esto es sufrir y lo demás son tonterías.
Quedamos al día siguiente en su oficina para firmar los contratos y todos los trámites de manera que pudiéramos empezar cuanto antes. Jenetien se fue con el cineasta y nos quedamos Rassasi y yo solos en la furgoneta, la notaba algo rara, pero no quise preguntar el motivo, podría ser por haber aceptado yo la oferta o porque seguramente dejaríamos de vernos en breve, aunque esto no era una explicación muy plausible, sobre todo sabiendo que estábamos llegando a mí destino y no tenía ninguna intención de renunciar a Laisse ni por una vida en una auto-caravana, ni por muchos polvos que hubiéramos echado en ella.
Rassasi me llevó a la cita, antes de subir a su oficina, fuimos a desayunar. Durante el desayuno, me dijo que tuviera cuidado con él, que no firmara nada que no entendíera y que cualquier duda o pregunta la hiciera sin miedo antes de consentir con nada, que ella me ayudaría lo que pudiera.
La oficina estaba dividida en dos salas, una que hacía las veces de sala de visitas y otra que era el despacho del cineasta. En la sala de visitas había una secretaria que no dejó de hablar por teléfono durante el rato que estuvimos esperando. Las paredes estaba decoradas con los posters de las películas que teóricamente había producido o colaborado el que pretendía ser mi representante. Era un pequeño museo del porno, carteles de pelis que a mí me sonaba haber visto, Deep Throat, California Gigolo y un largo etcétera. También había fotos de actores y actrices, féminas mayoritariamente, con autógrafo incluido, algunas de las cuales me habían servido para incentivar la imaginación y liberar mi pesada carga en otros tiempos no tan remotos como me pareció en esos momentos.
Rassasi se sentó en un sillón y cogió maquinalmente una revista para hojearla, pero en cuanto vio el contenido la soltó como si de una serpiente se tratase, la revista, cayó abierta por las páginas centrales, dejando ver perfectamente un gran cipote entrando en el minúsculo coño de una rubia sorprendentemente dotada. Todo allí evocaba al porno-mundo, no había dudas de la ocupación del susodicho personaje. Tras más de una hora de espera, Vends, salió del despacho para recibirnos, nos hizo pasar a un confortable cuarto forrado de estanterías llenas de libros y una bonita mesa labrada de madera, vi un portarretratos orientado hacia la silla de trabajo, pero no pude ver la foto, no me hubiera sorprendido que fuera una de sus hijas en lugar de una de sus actrices, el ambiente del despacho era diametralmente opuesto al de la sala de visitas, como si el porno sólo fuera para sus clientes.
La secretaria nos trajo café y galletas, apenas había reparado en ella cuando estuvimos en la sala de espera, pero cuando se inclinó para servir el café del jefe, pude mirar asomado al escote un bonito sostén negro que resaltaba de manera espectacular con el blanco de la camisa. Encaje negro balconé que mostraba a través de la tela transparente unos pezones oscuros. La visión unida a los movimientos sensuales que sugerían una ocupación muy distinta a la actual, provocaron una erección en mi adormilado compañero y que se mantuvo hasta que salió del despacho.
Mi representante, me entregó una serie de documentos para que los firmara y siguiendo el consejo de Rassasi los leí con detenimiento, preguntando todo aquello que no entendía, sólo recuerdo una de las objeciones que planteé -“¿Tengo que desnudarme en las películas? Y si es así, ¿se verá mi cara?”– viéndolo con la perspectiva del tiempo, puede parecer estúpida la pregunta, pero en ese momento lo que más me quitó el sueño durante esa noche fue que me viera mi madre chingando en una película, lo que me faltaba, que no hubiera recibido noticias mías en no sé cuantos días y ahora me viese posando en la portada de un video porno en el videoclub.
Cuando todo quedó aclarado y las pegas que puso Rassasi quedaron plasmadas en el contrato, lo firmé y quedó sellado con un fuerte apretón de manos. Fue ese momento el que aprovechó Rassasi para decirle a mi representante que había firmado un contrato con un menor de edad y que a menos que tuviera la autorización paterna o de su representante legal, aquello no serviría para nada, incluso dado el tipo de negocio, podía ser considerado como un delito. La cara le cambió en un momento, se reclinó en el respaldo del sillón y el sudor le perló la frente. Tardó algunos segundos en reaccionar, supongo que estaría esperando ver entrar en el despacho a la policía de un momento a otro, pero al ver que eso no ocurría, intentó enfrentarse a la estafadora, discutieron o más bien Rassasi le dejó las cosas claras, él apenas dijo nada, sólo escuchaba y asentía mientras se frotaba las manos con nerviosismo. Hablaban atropelladamente y no pude entender casi nada de lo que dijeron. La conversación finalizó cuando Vends, sacó un talonario del escritorio, firmó un cheque y se lo entregó a ella. Inmediatamente lo dobló y lo guardó en su bolso sin siquiera mirar la cifra que había escrita en él, se giró hacia mí y agarrándome los mofletes me plantó un beso en los labios, me dijo -“Au revoir, mon petit étalon”- y se marchó sin más, dejándome allí plantado con cara de tonto.
Me quedé tan bloqueado que no supe reaccionar y cuando quise darme cuenta ya se había ido, en ese momento me sentí engañado, humillado, como si fuera un fenómeno de feria que se podía vender y comprar. La muy sinvergüenza se había dedicado a explotarme sexualmente para luego traspasarme al siguiente propietario. Tampoco quiero engañarle con falsos sentidos de vergüenza o humillación, no me duró mucho el cabreo, enseguida me di cuenta que todas mis pertenencias se habían quedado en la auto-caravana, no tenía ni una triste muda para cambiarme de ropa.
Cuando me levanté para marcharme, el señor De la Viande se levantó conmigo, se le veía cavilando, indeciso. Al tenderle la mano para marcharme, me preguntó si tenía con quien quedarme o dinero para buscar algún sitio, la respuesta fue evidente, todo cuanto tenía se lo habían quedado mis explotadores. Me propuso un trato, si yo le ayudaba a él, el me ayudaría a mí. Se comprometía a pagarme lo mismo que a sus actores si colaboraba en una película, pero tenía que ser con sus condiciones, -“ Il n'y a pas affaire“-, no hay trato, ya me buscaría la vida para salir adelante, le pedí que me dejase marchar, no pensaba denunciarle ni nada por el estilo. Al ori la palabra policía se produjo un radical cambio de actitud, se ofreció a ayudarme sin ninguna contrapartida.
Como muestra de buena voluntad, rompió el contrato delante de mí y cogiendo las llaves de su coche me llevó de compras. Entramos en unos grandes almacenes y compré algunas cosas, una mochila para sustituir la que tenía y un poco de ropa para poder cambiarme. Mientras tanto, le fui contando mi historia a Vends, una mezcla de lo que les había contado a mis anteriores mecenas y lo que habíamos hecho juntos durante el viaje.
No oculté ningún detalle sobre lo que había sucedido en la autocaravana, Vends me hizo pocas preguntas, casi todas pidiéndome más detalles sobre las relaciones sexuales que mantuvimos Rassasi y yo. Cuando me preguntó más detalladamente sobre los aspectos de mi talento, le esquivé ya que pensé que no debía contarle nada al respecto del problema, le dije que siempre había sido así, en cuanto a volumen y número de emisiones, le dejé ver que para mi aquello era lo normal al no tener con qué realizar comparaciones.Doy por sentado que no me creyó, o al menos no todo lo que le conté, pero tuvo la delicadeza de no decir nada al respecto. Al despedirnos, me invitó a ver un rodaje que tenía esa misma mañana, para quitar el mal sabor de boca. Una oferta así no se puede rechazar.

Cap. 8: El juegos de las Torres

Tras varios días de monótono viaje atravesando el sur de Francia, la intimidad entre Rassasi y yo creció sustancialmente, en gran medida gracias al pasotismo que mostraba su marido con respecto a lo que hacía o dejaba de hacer su esposa. Casi todas las noches el buen hombre se iba a dar un paseo o a la cafetería más cercana si la parada se llevaba a cabo en zona civilizada, por lo que teníamos la cama para nosotros solos durante al menos un par de horas. Una noche incluso llegamos a dormir juntos ya que el lamentable estado de embriaguez con el que volvió no le permitió ni abrir la puerta de la auto-caravana.

El que Rassasi se sentase conmigo en el asiento trasero, se había convertido en una rutina para ambos, de manera que las lecciones de francés que recibía todos los días, consiguieron que mejorara, tanto a nivel hablado como de aguante físico. Las horas de carretera mejoraron mi pronunciación y riqueza lingüística, las horas de cama mi paciencia sexual y mi formación clásica en cuanto a posturas se refiere, he de reconocer que fue se comportó como una maestra con su alumno en todos los aspectos.

Al llegar al valle del Loira, Rassasi propuso que nos desviásemos hacia uno de los castillos que hacen famosa esa zona para que pudiéramos visitarlo. Ignorante de mí, no sabía ni de que estaba hablando, pero ella pacientemente me fue explicando lo que íbamos a ver. Por supuesto, Jenetian no quiso venir con nosotros, nos llevó hasta la entrada y se marchó al pueblo cercano. En la entrada, nos encontramos con una larga cola ante la puerta que daba acceso al Chateau, una fila de variopintos personajes que salieron disparados en cuanto el guardia de seguridad levantó la barrera de entrada. Ni Rassasi ni yo teníamos prisa, nos considerábamos afortunados como todos los que viajan como lo hicimos nosotros. El hecho de viajar con la casa a cuestas nos permitía ir con tranquilidad y no tener que correr para poder ver en de dos horas lo que nos encontrábamos de camino. Ni teníamos que ir como el ganado tras el pastor, ni nos esperaba un autobús para continuar con la excursión.

Disfrutamos de los bellísimos jardines cogidos de la mano, una imagen ambigua, por la diferencia de edad existente entre ambos, que seguro dio lugar a malinterpretaciones, pero que no impidió que siguiéramos adelante con nuestra representación. En cada recoveco del laberinto arbóreo por el que paseamos nos acariciábamos subrepticiamente, sus manos recorrían mi espalda o se perdían dentro de los bolsillos de mis pantalones cuando me abrazaba por la espalda. El juego me mantuvo en permanente estado de excitación, provocado tanto por sus caricias como por el miedo a que nos sorprendieran en una actitud tan poco decorosa. Nos movíamos entre los requiebros y los escondrijos del laberinto, cada rinconcillo se convertía en un ring en el que los contendientes pujaban por alcanzar el premio escondido bajo las ropas, cada banco en un tálamo improvisado en el que imitábamos las posturas llevadas a cabo horas antes en la intimidad de nuestra casa rodante.

Rassasi llevaba puesto un amplio vestido floreado, la llegaba casi hasta los tobillos, pero dejaba al aire los hombros, mostrando el nacimiento de los pechos, no llevaba ropa interior - como pude comprobar – en cada abrazo notaba sus pezones clavarse en mi pecho, yo colaba la mano entre nuestros cuerpos para apretarlos con dureza, lo que provocaba un endurecimiento mayor. Cada roce se convertía en un cúmulo de sensaciones febriles que nos dejaban jadeando hasta la siguiente oportunidad que encontrábamos para ocultarnos y continuar con nuestro sádico juego.

Localizamos una especie de glorieta rodeada de altos arbustos y con fuentes que lanzaban sus chorritos al aire con melancólico desinterés, un banco permanecía oculto en la espesura en el que muchas generaciones de enamorados se habrán besado con el transcurrir del tiempo. Tras el banco, una pequeña estatua en un pedestal, también de piedra, de Cupido con su arco y con la punta de la flecha rota, quizá por desamor, quizá por efectos del tiempo que nunca transcurre en balde. Nos acercamos al dios sin mucho respeto, con la clara intención de magrearnos escondidos entre el follaje y disfrutar del momento abrazados por el cantar del agua de las fuentes. La imagen idílica que tengo del momento se nubló en cuanto Rassasi me colocó de espaldas al banco, de manera que ella pudiera vigilar y advertir la llegada de visitantes indeseados que nos importunaran.

Su lengua se apoderó de mi boca, la retorcía y giraba, demostrando que su estado de excitación era muy similar al mío, yo no perdí el tiempo, sujetando sus nalgas con mis manos, tiré de ella hacia mí, acomodando mi verga entre sus piernas. Bailamos al compás de la música de fondo que nos proporcionaban las fontanas, balanceando nuestras caderas y frotándonos por encima de la ropa. Imagínese como estaba mi entrepierna tras más de una hora de faje, el tamaño desproporcionado de mis pellas no permitían que pudiésemos continuar con el frotamiento, no me dejaban llegar con el espolón a buen puerto. Se puso en cuclillas y sacando mi aparato de su cubículo aligeró la presión que estaba soportando, necesitó de las dos manos y de cierta habilidad para extraer los dos globos que se comprimían en el interior.

Se introdujo la cabeza roja en la boca y descendiendo por el tallo, ensalivó todo lo que encontró a su paso, la ligera brisa que corría, sirvió para contrarrestar el aliento y la cálida saliva que esparció con la lengua a lo largo del cipote. Engulló todo lo que pudo, la imagen que me evocó al hacerlo y viéndola desde arriba, fue la de esos pájaros con un gran buche que hinchan durante el cortejo, mis dos pelotas se asomaban a los lados de su cuello cada vez que mi baluarte se introducía en su garganta en una imagen más cómica que erótica. No tardé mucho en descargar, sujetándola de la frente, la extraje de su boca y me la sacudí enérgicamente para terminar lo que había empezado. Cupido recibió gran parte de la descarga, el resto fueron cayendo al suelo mientras espasmos incontrolados me sacudían de la cabeza a los pies.

Una vez logrado que mis testículos volvieran a su tamaño normal, nos colocamos las ropas lo mejor que pudimos y seguimos con nuestro paseo. Rassasi seguía muy excitada, llevábamos una mañana muy ajetreada y ella aún no había obtenido su propia satisfacción, no tardamos en encontrar otro escondido pasaje en el que devolví los favores prestados, el recuerdo de su sabor aún permanece en mi memoria.

Tras el espléndido paseo por los jardines, nos dirigimos al interior del castillo, era un conjunto de construcciones de piedra resplandeciente por la que parecía que no había pasado el tiempo ya que se había mantenido en perfecto estado.

Una vez dentro del castillo, disfrutamos viendo las grandes salas, los muebles cargados de adornos y tapices enormes que cubrían las paredes. Los excursionistas que hacían cola a nuestra llegada ya se marchaban cuando nosotros entramos, por lo que prácticamente éramos los únicos visitantes que quedaban. No tardamos mucho en volver a magrearnos a la menor ocasión, estábamos en un permanente estado de enardecimiento que nos empujaba a uno en brazos del otro.

La ausencia de visitantes y de vigilantes nos daba cierta libertad para nuestro solaz, en las escaleras de subida a una de las torres, Rassasi se levantó la falda dejando al aire su esplendoroso trasero, el vaivén de sus glúteos mientras subía los escalones, dejaba entrever la negra mata de pelo que ocultaba su hendidura, cuando llegamos a la azotea del torreón, había dos mástiles, uno de madera del que pendía una enseña del castillo y otro dentro de mis pantalones. Manteniendo su falda enrollada en los riñones, se asomó a una saetera, el culo en pompa orientado hacia mí, provocó aún más mi lascivia, me aproximé a su retaguardia con la bayoneta calada y empecé a restregar mi aparato por la raja de su culo. Con una mano me sujetaba de la cadera, mientras con la otra acariciaba el clítoris, que sobresalía de una manera considerable entre los pliegues de su chumino. -“Entrez!” – fue una orden, no un consejo, me bajé los pantalones hasta las rodillas y de un golpe de riñón me introduje hasta las ingles. A punto estuvimos de irnos los dos abajo por la fuerza del envite. El sudor resbalaba por mi frente por la velocidad con la que copulábamos, un cúmulo de sensaciones me invadió en esos momentos pasando a formar parte de uno de los mejores de mi vida, las vistas eran espectaculares, toda la campiña francesa en nuestra mirada y la media luna del culo de Rassasi en mis lomos.

-“Ne finisses pas encore, continue …”- repetía una y otra vez, pero el hombre propone y Dios dispone, un ruido en la escalera nos obligó a desalojar el cálido abrazo rápidamente y de la forma más disimulada que pudimos –yo al menos- nos colocamos nuestras vestiduras y dando la espalda a la puerta, guardé mis mastodónticas pelotas dentro del pantalón. Rassasi para disimular, me explicó los distintos lugares que desde allí arriba se veían, mientras los dos visitantes que nos habían interrumpido también se asomaban al parapeto y escupían al suelo como los niños desde los balcones.

Riéndonos a carcajadas, bajamos la escalera del torreón, esta vez sin juegos ya que era demasiado empinada y una caída podía traer serias consecuencias. Subimos y bajamos al menos otras cuatro torres más esa mañana, en todas ellas practicamos el coitus interruptus, no como medida de prevención de embarazos, sino obligados por las circunstancias, nos divertíamos subiendo a la carrera para ganar unos segundos a los visitantes que nos seguían y poder dedicarlos a sacarle brillo a nuestros instrumentos. Fuimos variando las posturas en cada una, lo que se convirtió de alguna manera en una repaso a las lecciones de la auto-caravana y una ruptura con la rutina monacal que habíamos llevado hasta entonces.

En la última torre y justo cuando estábamos empezando el divertimento me pareció escuchar un ruido que provenía de la escalera, inmediatamente desenfundé y me giré para poder guardar mis partes a buen recaudo. Rassasi se asomó a la escalera pero ni vio ni oyó a nadie, por lo que enseguida continuamos con nuestros menesteres. Me senté en el alféizar de la saetera mientras ella subía y bajaba sus lomos, se sentaba y se incorporaba para hacer que el émbolo se encasquetase hasta el fondo del pistón, las vistas panorámicas no eran tan buenas como las de otras posturas pero las focalizadas me estaban llevando al séptimo cielo.

Estaba a punto de llegar al orgasmo cuando se me ocurrió hacer como los visitantes y lanzar mis jugos desde la torre, saqué el pene de la funda y girándome sobre el precipicio comencé a soltar el lastre, la descarga fue tan brutal que se me doblaron las rodillas. Tuve que sentarme unos minutos antes de bajar ya que apenas me mantenía de pie. Durante el descenso empezamos a oír voces en el patio, como si hubiera una pelea, me asomé a una de las ventanas y vi que en el patio se habían concentrado unos cuantos guardias de seguridad del castillo alrededor de los dos excursionistas, observaban que uno de ellos tenía grandes manchurrones de un líquido espeso que se limpiaba con un pañuelo mientras señalaba a lo alto de la torre de la que estábamos bajando en esos momentos. No me había fijado cuando solté mi carga de qué lado estaba el patio, por lo que deduje que le había caído todo encima a ese pobre hombre.

La situación era algo comprometida, ya que si bajábamos en ese momento, nos culparían a nosotros y tendríamos que explicar demasiadas cosas, pero no teníamos otro camino para poder bajar, nos encontrábamos en un callejón sin salida. Escondí la cabeza para que no me vieran y empecé a pensar en una solución. Agarré a Rassise de la mano y corrí por las escaleras buscando una puerta por la que salir de la torre sin llegar al patio mientras le indicaba que guardase silencio.

Le intenté explicar a Rassise lo que estaba sucediendo, pero mi manejo del idioma no era tan bueno como para hacerme entender por lo que la pedí que me espera en el patio y que yo me reuniría enseguida con ella y que si le preguntaban algo abajo, dijera que ella había subido sola y que yo estaba buscando un baño, al menos podía ganar unos minutos en lo que se me ocurría que hacer para salir de allí sin que me acusasen de escándalo público o vaya usted a saber, qué otro tipo de delito constituía el hecho de tirarle medio litro seminal encima a un excursionista.

Llegamos casi al patio y no vimos ninguna puerta por la que salir, dejé a Rassise para que continuara con el plan trazado y volví sobre mis pasos mirando todas las ventanas que encontraba intentando salir por alguna de ellas. En la penúltima planta encontré una que conducía a un tejado y por ella salí, caminando despacio por encima de las tejas llegué hasta otra ventana, pero estaba cerrada, la única forma de abrirla era rompiendo el cristal.

Me puse a buscar una teja suelta con la que romper el cristal y al no encontrar ninguna, cambié de agua del tejado para seguir buscando. Al final de este lado había otra ventana que si conseguí abrir.

Tras muchas vueltas por el castillo logré encontrar el patio, allí seguían discutiendo varios guardias con el pringado, Rassise me esperaba luchando denodadamente por no reírse ante lo cómico de la situación.

Al llegar yo, todas las miradas se centraron en mi persona, pero la dirección desde la que venía les dejó descolocados y no supieron como involucrarme. La atención que me estaban dedicando se disipó cuando uno de los guardias les empezó a gritar desde encima de la torre, yo no entendí bien, pero aprovechamos ese momento para marcharnos por donde habíamos venido, o mejor dicho por donde debíamos continuar con la visita.

Llegamos a un saloncito cuyas paredes estaban forradas de espejos, mirases donde mirases te veías reflejado en alguno de ellos, era una sensación extraña e inquietante. Mi partenaire empezó a girar, viendo su reflejo en el techo, sus faldas producían una sensación de irrealidad muy graciosa y me recordaba a esos anuncios televisivos en los que paraguas abiertos giran y giran sin objetivo alguno.

Cuando bajé la vista del techo me encontré con mil culos que se convertían en mil chochos a cada vuelta que daba, todos para mí. Me acerqué a mi peonza bailarina y me rendí al espectáculo, mil caras me sonreían sin parar, demostrándome una vez más que esta mujer tenía una imaginación sensacional para los temas del sexo y que yo era el alumno con suerte al que su profesora le dedica una especial atención.

Cuando ya salíamos, al finalizar la visita, vimos a nuestros amigos que seguían hablando con los guardias, esta vez Rassise y yo nos miramos, no pudimos contener una carcajada recordando el episodio que acabábamos de protagonizar y del que pudimos salir mal parados sin duda ninguna.

Cap. 7: La Huida

Como todo en esta vida el intercambio también llegó a su final, los chicos franceses recogieron sus cosas y sus recuerdos y se prepararon para volver a Europa. Todos los castellanos vimos como nuestras cortas pero intensas historias de amor llegaban a su fin, en el caso de las francesas sus cortos romances con exóticos pueblerinos no fueron más que motas de polvo en sus largas carreras por la vida.

Mi caso no fue muy diferente al del resto al recordarlo, pero en esos momentos lo pasé muy mal. Me había enamorado de Laisse, mi primer amor, ya tenía ese rinconcito de mi corazón ocupado. El quinceañero que yo era, se rebelaba contra la injusticia de la separación, mi corazón no entendía las razones de la mente. Precisamente cuando el cielo era de ese azul del primer amor, los árboles de ese verde del primer amor y los pedos olían como nunca lo habían hecho. En fin todos hemos pasado por esa etapa en la vida y el que no lo haya hecho merece lástima, es tan bonito eso del amor, sobre todo cuando pilla lejos.

El día de la partida aguanté como un titán las lágrimas, me despedí con buenas palabras de mi hermana temporal y con mejores deseos de mi adorada Laisse. Después de muchos años, recordando aquella escena, debería haberme dado cuenta que todo era fruto de mi imaginación y que la realidad distaba mucho de la idea que yo tenía de mi relación con la francesita. Yo aparecía compungido mientras ella estaba tan ricamente sonriendo y despidiéndose de todo el mundo. En esos momentos la admiré por su entereza, como aguantaba pese al dolor, como disimulaba para hacérmelo más fácil, como… se puede ser tan pardillo por Dios.

Los días siguientes a su partida se hicieron eternos, me dedicaba a escribirle largas cartas vacías de significado pero llenas de emociones, copiaba todos los sonetos y cuartetos que caían en mis manos, recuerdo incluso, haber incluido en una de las cartas que escribí una estrofa de una canción que quedaba muy bien, seguro que mi madre y las de su generación la hubieran reconocido. Como estaría de desquiciado que no caí en la cuenta que ella no tenía ni idea de castellano, le iba a costar mucho traducir todo aquello, frases en las que al menos había una hipérbole o un hipérbaton y que aunque exageraba algo la realidad, ayudaba a explicar todo el amor que sentía por ella, lástima no haber guardado copias de esas cartas.

A las dos semanas de la marcha de Laisse la situación se hizo insostenible, comía mal, dormía mal, en fin todo mal, hasta las principales obligaciones las hacía mal o las dejaba sin hacer y claro se produjo otra pequeña crisis familiar. Una tarde mi madre viendo que cada día empeoraba entró en mi habitación y me amenazó con vaciarme ella misma si yo no hacía nada por solucionarlo, sabiendo que era capaz de hacerlo me puse a la faena y logré recuperarme, bueno más bien aligerar un poco de peso.

En todo ese tiempo no recibí ninguna carta suya, ni tan siquiera una llamada, nada. No tenía ni una triste palabra de consuelo que hiciera más llevadero mi tormento por lo que tracé un plan, había llegado la hora de asumir riesgos. Una mañana, con las casi cuatro mil pesetas que tenía ahorradas y la mochila llena de ropa me fugué de casa y me fui a buscarla, tenía que verla como fuera.

Fugarse de casa es bastante sencillo, para tus captores es una sorpresa tan grande que quieras fugarte de un sitio en el que no tienes que pagar un dineral por vivir, te dan de comer gratis, te limpian y ordenan tus cosas, hasta te dan algo de dinero para poder hacer tus cosillas, que no es concebible.

Con la primera parte de la fuga no hubo ningún contratiempo, fue con la continuación cuando me di cuenta que las cosas ni son tan simples ni siempre funcionan como uno quiere. Lo primero que pensé fue hacer autostop, es la forma más barata de viajar y en mi caso absolutamente necesaria ya que con el poco dinero que tenía no me llegaba ni para ir al pueblo de al lado, el problema era ¿por dónde se va a Francia? Cuando uno coge un mapa está claro donde está España, donde está mi ciudad y por supuesto donde está Francia, puedo llegar incluso a localizar la ciudad de Laisse, pero cuando el mapa está en tu cabeza y estás en una de las carreteras que salen de tu ciudad pensar en algo tan abstracto como Francia no sé si puede significar algo para el que te recoge y te pregunta ¿hasta dónde vas? Por otro lado siempre he sabido que Francia está al noreste de mi ciudad pero ¿realmente la carretera del noreste te lleva a Francia?

Mientras daba vueltas a la ciudad buscando un cartel que dijera algo parecido a: Francia 600 kilómetros empecé a inquietarme, el dichoso cartelito no apareció, pero el que sí que apareció con su coche fue mi vecino, que al verme rondando por la carretera paró y me llevó de vuelta a casa.

Aunque me negué a dar explicaciones en casa al respecto de lo que hacía a horas lectivas perdido por las carreteras de Dios, la conclusión a la que llegó mi madre no pudo ser más acertada, el tonto de su hijo se había fugado de casa, supongo que la mochila llena de ropa la ayudó bastante en el proceso deductivo. Tuve que aguantar una charla madre-hijo bastante seria y luego otra padre-hijo ininteligible, pero no pasó a mayores, la única consecuencia negativa de esta aventura fue que no volví a ver mi mochila.

Está claro que cuando alguien tiene determinación, no hay nada que pueda detenerle. Me pasé una semana en la biblioteca pública mirando mapas de carreteras, apuntando ciudades y rutas alternativas para llegar hasta Laisse, parecía uno de esos aventureros que se adentran en la selva sin saber que se van a encontrar en el siguiente recodo del camino. Mi ignorancia sobre el mundo era tan grande que algo de miedo si me entró cuando repasando la ruta, comprobé la cantidad de ciudades que tenía que atravesar para llegar hasta mi destino.

Espié a mi madre durante varios días hasta que vi que realmente ya no creía que iba a volver a fugarme. Una mañana temprano me fui hasta una gasolinera que había justo en la carretera que yo necesitaba y allí al rato de esperar me recogió un camionero, para no levantar sospechas le dije que iba hasta una ciudad próxima a mi casa y que si me llevaba me ahorraba el dinero del autobús, me llevó encantado. Durante la hora y media que tardamos en llegar a mi primer hito señalado, logré sonsacar al camionero todo tipo de información que vendría de perlas a la hora de seleccionar lugares para hacer autostop, como arreglármelas para comer barato en carretera y mil cosas más.

Y así tramo a tramo fui alejándome de mi casa, me bajaba en las gasolineras a la entrada de las ciudades y allí mismo preguntaba a los que estaban descansando o repostando por el siguiente punto. Cerca de la frontera con Francia un golpe de suerte me colocó en el sitio adecuado en el momento oportuno, una pareja de turistas franceses con una auto-caravana se ofrecieron a llevarme cuando les pregunte enseñándoles el mapa por uno de los hitos en el camino. Con esta pareja aprendí muchas cosas durante el viaje, lo primero fue que las mentiras han de ser simples si queremos que sean creíbles. Conté tal enredadera de historias paralelas para que me llevaran con ellos sobre mi padre inmigrante en Francia, mi madre muerta y no sé cuantas cosas más, que al final confundía a mi madre con mi padre, a mi hermano con mi tío. Cualquier persona normal me hubiera bajado en ese mismo momento, pero como luego verá esos franceses eran de todo menos normales.

Poco a poco nos hicimos entender, sobre todo ella, me hablaba muy despacito pronunciando cuidadosamente cada palabra hasta que estaba segura que lo había entendido. La mujer se presentó como madame D’Epiné, pero me dijo que la llamará Rassasi. El marido o al menos lo que en principio creí que era su marido, se llamaba Jenetian Alibí. Todos estos nombres los escribo según entendí de su pronunciación y seguramente no estén correctamente escritos. A medida que pasaron los días se hizo evidente que ellos mintieron tanto como yo en su historia, durante el viaje en una de sus múltiples discusiones y de la que apenas entendí nada, me pareció que se llamaban con otros nombres diferentes, pero puede ser que se estuvieran insultando sin que yo pudiera comprenderlo del todo.

Conmigo se portaron fenomenalmente, comía con ellos en su casa rodante y dormía en una pequeña cama que salía de una pared. Para los que nunca habíamos visto una auto-caravana, puedo decirle que son todo un mundo, casi como el de las Maravillas de Alicia. Cualquier cosa que tocase tenía un uso diferente de lo que había imaginado, ningún hueco se desperdiciaba y todo servía para todo. Cuando extendían la mesa para comer y que hacía las veces de tabla de planchar, aparecía en el hueco una televisión y las patas que se desmontaban, también servían para la cama, ya le digo todo un mundo concentrado en tres metros cuadrados.

En los casi cuatro días que duró el viaje mejoró mucho mi nivel de francés, lo que a priori no era difícil, como le he confesado, nunca fue muy bueno. La primera noche que pasamos yo estaba un poco cohibido, era la primera vez que dormía con extraños y a pesar que el ambiente era muy familiar no estaba del todo cómodo. Me desnudé y me metí en la cama lo más deprisa que pude para que no me viera madame en calzoncillos, me di la vuelta y fingí que me dormía casi inmediatamente. Ellos también se acostaron pronto.

Por la mañana empezaron mis problemas, después de estar todo el día metido en el camión con ellos, no había podido descargar. Me desperté con una erección descomunal y con dos balones de rugbi por pelotas, casi no me cabían dentro de los calzoncillos. Por suerte cuando me levanté, ellos aún seguían acostados, salí a toda prisa fuera de la camioneta para intentar descargar y liberarme de la presión antes de que se levantaran. Habíamos aparcado junto a un pequeño río no lejos de la carretera y no tardé en encontrar un rinconcito un poco escondido para hacer mis ejercicios. Bastaron unas pocas sacudidas para soltar toda la mercancía acumulada, pero cuando volvía hacia la camioneta vi a Rassasi escondiéndose deprisa detrás de unos matorrales, supuse que me había estado espiando pero me hice el despistado y me volví a la cama.

Durante ese segundo día de viaje, la señora se sentó conmigo en el asiento de atrás en lugar de sentarse como copiloto y pasamos toda la mañana practicado con el idioma, cada vez que me atascaba con una palabra, ella con paciencia infinita me la repetía hasta la saciedad, en algunas ocasiones y aunque no entendía porque lo hacía, se acercaba mucho a mi para que leyera de sus labios las palabras que me decía, yo notaba que cada vez que se producía una de estas aproximaciones luego no retrocedía y yo cada vez me encontraba más encajado entre sus tetas y la ventanilla. Cuando paramos para comer ella estaba prácticamente encima de mí, una de sus manos apoyada en mi entrepierna y la otra sobre el respaldo del asiento del conductor y sus labios tan cerca de los míos que veía perfectamente los pelillos de su incipiente bigote.

Después de la parada culinaria reiniciamos el camino, cada uno en la misma posición en la que lo dejó, yo justo detrás del conductor y la señora compartiendo mi espacio vital. Al rato, colocó la cabeza en la ventanilla y estirándose completamente, apoyó sus pies encima de mis piernas, no sé si por los movimientos del vehículo o por el mal estado de la carretera, los pies de Rassasi se frotaban continuamente con mi entrepierna, las primeras veces no le di importancia, luego me puse en tensión, tanto rozamiento ya no se podía justificar, estábamos en plena recta de la autopista, el vehículo no se balanceaba en absoluto y su pie me estaba masturbando claramente.

No necesité mucho más para que la maquinaria se pusiera a producir, llevaba un déficit acumulado desde que me fui de casa, las ventajas de una vida ordenada que me ayudaba a tener controlada mi enfermedad habían desaparecido, por lo que a medida que sus pies me frotaban notaba como iban creciendo mis pelotas. Ella disimulaba escondida detrás de un libro que parecía leer, aunque no la vi pasar la página en ningún momento. Después de unos cuantos kilómetros de frotamientos, el cargamento estaba más que preparado y dispuesto para ser desembarcado, por las buenas o por las otras. Cuando ya el tamaño no podía disimularse de ninguna manera, Rassasi se giró en el asiento, colocando la cabeza encima de mis piernas, yo miraba por la ventanilla disimulando todo lo que podía, aunque no me quitaba de la cabeza los palos que me iba a dar el marido si nos pillaba en esos tejemanejes.

Sin ningún disimulo ya, me desabrochó los pantalones y tirando de ellos me dejó con el culo al aire encima del asiento, no podía juntar las piernas de lo hinchado que estaba. En esa postura, la madame, tenía las dos bolas al alcance de su boca y el mástil sobresalía por encima de su cabeza. Noté su mano fría cuando me agarró la verga, durante un buen rato se dedicó a acariciar con mucha suavidad cada una de mis bolas que estaban en ese momento a punto de estallar. Mientras tanto, yo alternaba la vigilancia del marido con las maniobras de la señora y pasaba de los sobresaltos que me producía uno al cambiar de marchar a los que me procuraba la otra, con sus sacudidas en mi aparato y que se habían convertido en fenomenal paja.

No necesitó mucho tiempo para extraer el petróleo ya que se encontraba muy cerca de la superficie, el primer chorro sobrevoló su cabeza y se estampó en la parte trasera del asiento del piloto, el segundo se estampó en la nariz de la masajista, el resto fueron saliendo como buenamente pudieron. Cuando acabé, había un enorme charco a mis pies, el pelo, la cara y las manos de la señora estaban absolutamente pringados a pesar que no me había vaciado del todo, con el entusiasmo la buena mujer, había dejado de darle a la manivela demasiado pronto y no había logrado una extracción completa. Una vez terminado, se levantó y sin ninguna prisa limpió, ella con una toalla y el suelo con un trapo, lo que había caído y se fue a la parte trasera para cambiarse de ropa.

Apareció con un camisón muy corto que apenas le llegaba a medio muslo, cogió el libro y se sentó otra vez con la cabeza en la ventanilla, posando los pies de nuevo sobre mi paquete. Por la postura, dejaba entrever una negra mata de pelo a través del blanco triángulo que dibujan sus bragas entre sus muslos y que mostraba sin ningún pudor. La media sonrisa que mostraba su rostro no dejaba lugar a dudas, algo se la estaba ocurriendo y seguro que me yo era parte implicada en todo ello.