Tras varios días de monótono viaje atravesando el sur de Francia, la intimidad entre Rassasi y yo creció sustancialmente, en gran medida gracias al pasotismo que mostraba su marido con respecto a lo que hacía o dejaba de hacer su esposa. Casi todas las noches el buen hombre se iba a dar un paseo o a la cafetería más cercana si la parada se llevaba a cabo en zona civilizada, por lo que teníamos la cama para nosotros solos durante al menos un par de horas. Una noche incluso llegamos a dormir juntos ya que el lamentable estado de embriaguez con el que volvió no le permitió ni abrir la puerta de la auto-caravana.
El que Rassasi se sentase conmigo en el asiento trasero, se había convertido en una rutina para ambos, de manera que las lecciones de francés que recibía todos los días, consiguieron que mejorara, tanto a nivel hablado como de aguante físico. Las horas de carretera mejoraron mi pronunciación y riqueza lingüística, las horas de cama mi paciencia sexual y mi formación clásica en cuanto a posturas se refiere, he de reconocer que fue se comportó como una maestra con su alumno en todos los aspectos.
Al llegar al valle del Loira, Rassasi propuso que nos desviásemos hacia uno de los castillos que hacen famosa esa zona para que pudiéramos visitarlo. Ignorante de mí, no sabía ni de que estaba hablando, pero ella pacientemente me fue explicando lo que íbamos a ver. Por supuesto, Jenetian no quiso venir con nosotros, nos llevó hasta la entrada y se marchó al pueblo cercano. En la entrada, nos encontramos con una larga cola ante la puerta que daba acceso al Chateau, una fila de variopintos personajes que salieron disparados en cuanto el guardia de seguridad levantó la barrera de entrada. Ni Rassasi ni yo teníamos prisa, nos considerábamos afortunados como todos los que viajan como lo hicimos nosotros. El hecho de viajar con la casa a cuestas nos permitía ir con tranquilidad y no tener que correr para poder ver en de dos horas lo que nos encontrábamos de camino. Ni teníamos que ir como el ganado tras el pastor, ni nos esperaba un autobús para continuar con la excursión.
Disfrutamos de los bellísimos jardines cogidos de la mano, una imagen ambigua, por la diferencia de edad existente entre ambos, que seguro dio lugar a malinterpretaciones, pero que no impidió que siguiéramos adelante con nuestra representación. En cada recoveco del laberinto arbóreo por el que paseamos nos acariciábamos subrepticiamente, sus manos recorrían mi espalda o se perdían dentro de los bolsillos de mis pantalones cuando me abrazaba por la espalda. El juego me mantuvo en permanente estado de excitación, provocado tanto por sus caricias como por el miedo a que nos sorprendieran en una actitud tan poco decorosa. Nos movíamos entre los requiebros y los escondrijos del laberinto, cada rinconcillo se convertía en un ring en el que los contendientes pujaban por alcanzar el premio escondido bajo las ropas, cada banco en un tálamo improvisado en el que imitábamos las posturas llevadas a cabo horas antes en la intimidad de nuestra casa rodante.
Rassasi llevaba puesto un amplio vestido floreado, la llegaba casi hasta los tobillos, pero dejaba al aire los hombros, mostrando el nacimiento de los pechos, no llevaba ropa interior - como pude comprobar – en cada abrazo notaba sus pezones clavarse en mi pecho, yo colaba la mano entre nuestros cuerpos para apretarlos con dureza, lo que provocaba un endurecimiento mayor. Cada roce se convertía en un cúmulo de sensaciones febriles que nos dejaban jadeando hasta la siguiente oportunidad que encontrábamos para ocultarnos y continuar con nuestro sádico juego.
Localizamos una especie de glorieta rodeada de altos arbustos y con fuentes que lanzaban sus chorritos al aire con melancólico desinterés, un banco permanecía oculto en la espesura en el que muchas generaciones de enamorados se habrán besado con el transcurrir del tiempo. Tras el banco, una pequeña estatua en un pedestal, también de piedra, de Cupido con su arco y con la punta de la flecha rota, quizá por desamor, quizá por efectos del tiempo que nunca transcurre en balde. Nos acercamos al dios sin mucho respeto, con la clara intención de magrearnos escondidos entre el follaje y disfrutar del momento abrazados por el cantar del agua de las fuentes. La imagen idílica que tengo del momento se nubló en cuanto Rassasi me colocó de espaldas al banco, de manera que ella pudiera vigilar y advertir la llegada de visitantes indeseados que nos importunaran.
Su lengua se apoderó de mi boca, la retorcía y giraba, demostrando que su estado de excitación era muy similar al mío, yo no perdí el tiempo, sujetando sus nalgas con mis manos, tiré de ella hacia mí, acomodando mi verga entre sus piernas. Bailamos al compás de la música de fondo que nos proporcionaban las fontanas, balanceando nuestras caderas y frotándonos por encima de la ropa. Imagínese como estaba mi entrepierna tras más de una hora de faje, el tamaño desproporcionado de mis pellas no permitían que pudiésemos continuar con el frotamiento, no me dejaban llegar con el espolón a buen puerto. Se puso en cuclillas y sacando mi aparato de su cubículo aligeró la presión que estaba soportando, necesitó de las dos manos y de cierta habilidad para extraer los dos globos que se comprimían en el interior.
Se introdujo la cabeza roja en la boca y descendiendo por el tallo, ensalivó todo lo que encontró a su paso, la ligera brisa que corría, sirvió para contrarrestar el aliento y la cálida saliva que esparció con la lengua a lo largo del cipote. Engulló todo lo que pudo, la imagen que me evocó al hacerlo y viéndola desde arriba, fue la de esos pájaros con un gran buche que hinchan durante el cortejo, mis dos pelotas se asomaban a los lados de su cuello cada vez que mi baluarte se introducía en su garganta en una imagen más cómica que erótica. No tardé mucho en descargar, sujetándola de la frente, la extraje de su boca y me la sacudí enérgicamente para terminar lo que había empezado. Cupido recibió gran parte de la descarga, el resto fueron cayendo al suelo mientras espasmos incontrolados me sacudían de la cabeza a los pies.
Una vez logrado que mis testículos volvieran a su tamaño normal, nos colocamos las ropas lo mejor que pudimos y seguimos con nuestro paseo. Rassasi seguía muy excitada, llevábamos una mañana muy ajetreada y ella aún no había obtenido su propia satisfacción, no tardamos en encontrar otro escondido pasaje en el que devolví los favores prestados, el recuerdo de su sabor aún permanece en mi memoria.
Tras el espléndido paseo por los jardines, nos dirigimos al interior del castillo, era un conjunto de construcciones de piedra resplandeciente por la que parecía que no había pasado el tiempo ya que se había mantenido en perfecto estado.
Una vez dentro del castillo, disfrutamos viendo las grandes salas, los muebles cargados de adornos y tapices enormes que cubrían las paredes. Los excursionistas que hacían cola a nuestra llegada ya se marchaban cuando nosotros entramos, por lo que prácticamente éramos los únicos visitantes que quedaban. No tardamos mucho en volver a magrearnos a la menor ocasión, estábamos en un permanente estado de enardecimiento que nos empujaba a uno en brazos del otro.
La ausencia de visitantes y de vigilantes nos daba cierta libertad para nuestro solaz, en las escaleras de subida a una de las torres, Rassasi se levantó la falda dejando al aire su esplendoroso trasero, el vaivén de sus glúteos mientras subía los escalones, dejaba entrever la negra mata de pelo que ocultaba su hendidura, cuando llegamos a la azotea del torreón, había dos mástiles, uno de madera del que pendía una enseña del castillo y otro dentro de mis pantalones. Manteniendo su falda enrollada en los riñones, se asomó a una saetera, el culo en pompa orientado hacia mí, provocó aún más mi lascivia, me aproximé a su retaguardia con la bayoneta calada y empecé a restregar mi aparato por la raja de su culo. Con una mano me sujetaba de la cadera, mientras con la otra acariciaba el clítoris, que sobresalía de una manera considerable entre los pliegues de su chumino. -“Entrez!” – fue una orden, no un consejo, me bajé los pantalones hasta las rodillas y de un golpe de riñón me introduje hasta las ingles. A punto estuvimos de irnos los dos abajo por la fuerza del envite. El sudor resbalaba por mi frente por la velocidad con la que copulábamos, un cúmulo de sensaciones me invadió en esos momentos pasando a formar parte de uno de los mejores de mi vida, las vistas eran espectaculares, toda la campiña francesa en nuestra mirada y la media luna del culo de Rassasi en mis lomos.
-“Ne finisses pas encore, continue …”- repetía una y otra vez, pero el hombre propone y Dios dispone, un ruido en la escalera nos obligó a desalojar el cálido abrazo rápidamente y de la forma más disimulada que pudimos –yo al menos- nos colocamos nuestras vestiduras y dando la espalda a la puerta, guardé mis mastodónticas pelotas dentro del pantalón. Rassasi para disimular, me explicó los distintos lugares que desde allí arriba se veían, mientras los dos visitantes que nos habían interrumpido también se asomaban al parapeto y escupían al suelo como los niños desde los balcones.
Riéndonos a carcajadas, bajamos la escalera del torreón, esta vez sin juegos ya que era demasiado empinada y una caída podía traer serias consecuencias. Subimos y bajamos al menos otras cuatro torres más esa mañana, en todas ellas practicamos el coitus interruptus, no como medida de prevención de embarazos, sino obligados por las circunstancias, nos divertíamos subiendo a la carrera para ganar unos segundos a los visitantes que nos seguían y poder dedicarlos a sacarle brillo a nuestros instrumentos. Fuimos variando las posturas en cada una, lo que se convirtió de alguna manera en una repaso a las lecciones de la auto-caravana y una ruptura con la rutina monacal que habíamos llevado hasta entonces.
En la última torre y justo cuando estábamos empezando el divertimento me pareció escuchar un ruido que provenía de la escalera, inmediatamente desenfundé y me giré para poder guardar mis partes a buen recaudo. Rassasi se asomó a la escalera pero ni vio ni oyó a nadie, por lo que enseguida continuamos con nuestros menesteres. Me senté en el alféizar de la saetera mientras ella subía y bajaba sus lomos, se sentaba y se incorporaba para hacer que el émbolo se encasquetase hasta el fondo del pistón, las vistas panorámicas no eran tan buenas como las de otras posturas pero las focalizadas me estaban llevando al séptimo cielo.
Estaba a punto de llegar al orgasmo cuando se me ocurrió hacer como los visitantes y lanzar mis jugos desde la torre, saqué el pene de la funda y girándome sobre el precipicio comencé a soltar el lastre, la descarga fue tan brutal que se me doblaron las rodillas. Tuve que sentarme unos minutos antes de bajar ya que apenas me mantenía de pie. Durante el descenso empezamos a oír voces en el patio, como si hubiera una pelea, me asomé a una de las ventanas y vi que en el patio se habían concentrado unos cuantos guardias de seguridad del castillo alrededor de los dos excursionistas, observaban que uno de ellos tenía grandes manchurrones de un líquido espeso que se limpiaba con un pañuelo mientras señalaba a lo alto de la torre de la que estábamos bajando en esos momentos. No me había fijado cuando solté mi carga de qué lado estaba el patio, por lo que deduje que le había caído todo encima a ese pobre hombre.
La situación era algo comprometida, ya que si bajábamos en ese momento, nos culparían a nosotros y tendríamos que explicar demasiadas cosas, pero no teníamos otro camino para poder bajar, nos encontrábamos en un callejón sin salida. Escondí la cabeza para que no me vieran y empecé a pensar en una solución. Agarré a Rassise de la mano y corrí por las escaleras buscando una puerta por la que salir de la torre sin llegar al patio mientras le indicaba que guardase silencio.
Le intenté explicar a Rassise lo que estaba sucediendo, pero mi manejo del idioma no era tan bueno como para hacerme entender por lo que la pedí que me espera en el patio y que yo me reuniría enseguida con ella y que si le preguntaban algo abajo, dijera que ella había subido sola y que yo estaba buscando un baño, al menos podía ganar unos minutos en lo que se me ocurría que hacer para salir de allí sin que me acusasen de escándalo público o vaya usted a saber, qué otro tipo de delito constituía el hecho de tirarle medio litro seminal encima a un excursionista.
Llegamos casi al patio y no vimos ninguna puerta por la que salir, dejé a Rassise para que continuara con el plan trazado y volví sobre mis pasos mirando todas las ventanas que encontraba intentando salir por alguna de ellas. En la penúltima planta encontré una que conducía a un tejado y por ella salí, caminando despacio por encima de las tejas llegué hasta otra ventana, pero estaba cerrada, la única forma de abrirla era rompiendo el cristal.
Me puse a buscar una teja suelta con la que romper el cristal y al no encontrar ninguna, cambié de agua del tejado para seguir buscando. Al final de este lado había otra ventana que si conseguí abrir.
Tras muchas vueltas por el castillo logré encontrar el patio, allí seguían discutiendo varios guardias con el pringado, Rassise me esperaba luchando denodadamente por no reírse ante lo cómico de la situación.
Al llegar yo, todas las miradas se centraron en mi persona, pero la dirección desde la que venía les dejó descolocados y no supieron como involucrarme. La atención que me estaban dedicando se disipó cuando uno de los guardias les empezó a gritar desde encima de la torre, yo no entendí bien, pero aprovechamos ese momento para marcharnos por donde habíamos venido, o mejor dicho por donde debíamos continuar con la visita.
Llegamos a un saloncito cuyas paredes estaban forradas de espejos, mirases donde mirases te veías reflejado en alguno de ellos, era una sensación extraña e inquietante. Mi partenaire empezó a girar, viendo su reflejo en el techo, sus faldas producían una sensación de irrealidad muy graciosa y me recordaba a esos anuncios televisivos en los que paraguas abiertos giran y giran sin objetivo alguno.
Cuando bajé la vista del techo me encontré con mil culos que se convertían en mil chochos a cada vuelta que daba, todos para mí. Me acerqué a mi peonza bailarina y me rendí al espectáculo, mil caras me sonreían sin parar, demostrándome una vez más que esta mujer tenía una imaginación sensacional para los temas del sexo y que yo era el alumno con suerte al que su profesora le dedica una especial atención.
Cuando ya salíamos, al finalizar la visita, vimos a nuestros amigos que seguían hablando con los guardias, esta vez Rassise y yo nos miramos, no pudimos contener una carcajada recordando el episodio que acabábamos de protagonizar y del que pudimos salir mal parados sin duda ninguna.