lunes, 2 de marzo de 2009

Cap. 1: Mi problema ...

-Padre, confieso que mi mayor pecado es el sexto. No me veo libre de pasiones ciegas y además creo que no me respeto a mí mismo. Me masturbo diariamente y no una, si no varias veces.

-Pero hombre, ¿No tienes fuerza de voluntad? Mira que te vas a desgastar, ya sabes lo que dicen los médicos, el hombre tiene una canana llena de balas, hijo mío, si las gastas en salvas, no te quedarán para matar pájaros.

-Ya padre pero no puedo evitarlo, mi problema…

-¿Cómo tu problema? ¿A qué te refieres con problema?

-Verá padre, con apenas 15 años me detectaron una enfermedad, “la pequeña molestia” como la definió el médico que me la diagnosticó. Es una de esas raras enfermedades sin cura que padecemos los humanos y que hacen que la vida no transcurra como se planeó en un principio.

Aunque el nombre es difícil de recordar, los síntomas no lo son, básicamente consisten en que mis testículos no dejan de producir liquido seminal, si como lo oye, si fuera un chiste ya estaría doblado de la risa, pero cuando es uno el que lo sufre el cantar no es el mismo.

El hecho de no expulsarlo, implica una hinchazón que se va agravando a medida que me contengo, como comprenderá acepté de inmediato la única solución que me propuso el buen doctor, sacarlo de mi, exorcizarlo. Todos los días, cada hora si fuera necesario, y bien sabe dios que muchas veces es necesario.

Recuerdo como si me estuviera pasando ahora la cara de mis padres cuando nos comunicaron no sólo el diagnóstico sino el remedio, estábamos los tres en la consulta del doctor, una de esas salas blancas que huelen a formol o a desinfectante, yo de píe poniéndome los pantalones y mis padres sentados delante de la mesa del médico. A mí se me escapó una risita, pero a mi madre se le cayó la mandíbula. La mirada de mi padre me cerró la boca y aceleró considerablemente la velocidad con la que me estaba vistiendo. En cuanto finalizó el revuelo de ropas y de lamentos, nos encaramos los tres a la vez con el médico, pidiéndole explicaciones y buscando culpables. Yo sólo pensaba en todo ese trabajo extra que me iba a suponer la enfermedad, entre el colegio, la academia de inglés, las clases de recuperación de matemáticas, el violín y el judo, no me quedaba ni media hora libre, y ahora además me tenía que matar a pajas, con lo que cuesta hacerse una. No, no tenía que haber algún error.

Empecé a exigir a voces que tenía que dejar el judo y el violín si querían que cumpliera con mi nueva obligación, imagínense que estoy en plena sinfonía violinística, y justo cuando mis dedos arrancan el si bemol (los aficionados al violín sabrán que es la parte donde tienes que aplicar más sentimiento) me lastimo la muñeca, adiós a deshinchar nada. Claro que podría ser peor si armado con mi kimono blanco inmaculado subido en la colchoneta (me niego a llamarla tatami por muchas abdominales que me haga hacer mi maestro), enfrentado al gordo de mi vecino. Mirándonos simiescamente, el más que yo por supuesto, nos lanzamos uno a los brazos del otro, forcejeamos, y como siempre él me pone su sobaco en las narices, me resisto, engancho el hombro con sus piernas y un esguince de codo. Adiós a las sacudidas durante un mes y al escroto para el resto de mi vida.

Mezclándose con mi aflautada voz de quinceañero que exigía una reducción de la jornada laboral, mi padre no hacía otra cosa que insistir en que se le aclarase todo este mal entendido, su hijo no podía tener una enfermedad de esas, ya que ni él, ni su padre, ni el padre de su padre las habían tenido nunca y no iba a ser su hijo el primero en romper un record tan extraordinario en cuanto a la calidad de los genes se refiere. Una larga tradición familiar de troskistas sanos y del Real Madrid estaba a punto de romperse y por ahí no estaba dispuesto a pasar, faltaría más. Además, le explicaba al medicucho ese, que él era ferroviario y que leía todos los meses el Muy Interesante, en ningún número hablaban de algo parecido a lo que él decía, ni tan siquiera en el especial aquel en el que describían las cosas raras que hacen los hombres por dinero. Estaba claro, iba a tener que hablar con los de Comisiones para aclarar todo esto, no se puede permitir que haya médicos en el servicio público que hagan esas insinuaciones, era obvio que alguien se estaba equivocando.

Mi madre, más pragmática que duda cabe, se centró sobre todo en dejar claro que si era uno de esos programas con cámaras falsas, no tenía ninguna gracia y que si no era eso, pues que ¿qué íbamos a hacer con todo ese líquido que yo tenía que sacar?, ¿cómo iba a ser capaz de hacerlo yo solo? y un montón de preguntas de ese estilo que sin duda, fueron las que dejaron al médico sin habla. Evidentemente, mis exigencias además de justificadísimas tenían todo el sentido del mundo, por no hablar de las de mi padre, que pensándolo fríamente tenía toda la razón para estar enfadado. Y no sólo con el médico, sino con la seguridad social y con el sistema financiero impuesto por los capitalistas de la reserva espiritual de occidente. Después de una hora larga intentando darnos explicaciones los unos a los otros, nos dimos cuenta que la cuestión estaba clara, y es que a pesar del abatimiento que le había entrado al buen doctor por todo lo que había tenido que oír, yo no tenía cura y el médico no era culpable de nada. La definición “pequeña molestia” era una cruel realidad, como cuando en el telediario nos cuentan sobre los daños colaterales y vemos las imágenes de camas de hospital y de gente con vendas pero sin piernas, estaba jodido.

A partir de ese momento yo viví de una manera un tanto equívoca, es lo que se llama consternación post-dolencia y no sabía muy bien, ni qué hacer ni como.

Los primeros días, mi casa se convirtió en la Asamblea de la ONU, buenas palabras pero sin soluciones. El tema se las traía como sin duda comprenderá y cada miembro de la familia reaccionó de una forma. Mi padre empezó a buscar sinónimos, semen, pene, masturbarse o eyaculación no entraban dentro de los vocablos que se pueden utilizar, y doy fe que las encontraba. Jamás pensé que mi padre pudiera tener imaginación, de hecho estaba seguro a pesar de su bolchevismo reconocido, que me concibieron por carta como a casi todos en la época de Franco. La primera vez que oí a mi padre usar la expresión “abanicar el pavo” me planteé parar el Talgo Guadalete-Logroño con la cabeza, lo malo de la idea era que el conductor podría ser un compañero de mi padre y tampoco era plan. Expresiones como “regar las flores” o intentar responder a preguntas como “¿Has realizado los tocamientos que tu miembro viril necesita?” pueden marcar a cualquier adulto, dejándolo aparcado en la esquizofrenia, imagínense lo que pueden hacerle a un niño de 15 años. Busqué durante días una tienda de esas con dependientes pequeños, que ni te entienden ni los entiendes para comprar una katana sin que me pidieran carné de manipulador.

En cuanto a mi madre, se pasaba el día pegada a mis talones, ya saben, una madre es una madre y gracias a dios sólo tenemos una. ¿Estás bien hijo? ¿Necesitas alguna cosa? Esto no es como cuando tienes tos y tu madre te acosa hasta que te tomas el jarabe, que no, que no, que no es igual. Cómo le dices a tu madre que lo que necesitas es un desahogo. Pero claro, lo peor sin duda alguna estaba por venir. Tenía que estar atento ya que en cuanto me descuidaba aparecía la cabeza de mi madre, “¿qué ya has…?”, “si mama ya he…” en fin, todo un panorama. Imagíneselo por un momento, ya sé que no padre, pero imagínese en su habitación en penumbra, mi vecina del sexto B, haciendo un desnudamiento ante mis narices, tarara, tarara. Mi mano siguiendo la terapia y mi polla morcillona como si no se creyera que esa preciosidad estaba haciendo el numerito para mi (y tiene razón, yo tampoco me lo creería, pero como el sueño es mío y la necesidad también, pues eso), dale que dale, mi muñeca echando humo y mi cerebro que se estruja para aportar nuevos detalles que me mantengan al menos la media erección para poder descargar. “Si muñeca si, menéate, que te vea los bajos fondos” (lo he oído en las películas, a esas chicas se las llama muñecas y se las habla con monosílabos) justo cuando el asunto empieza a estar duro, el chirrido de la puerta y la cabeza de mi madre “¿qué hijo ya has…?”, “joder mama, no, no he …, y si no me dejas tranquilo no voy a poder …”. Por supuesto a pesar de tener la respuesta en la punta de la lengua me la trago. “Si mama, ya he…” mientras escondo el fiambre en los calzoncillos.

El último miembro de la familia, es decir el mío y el más directamente implicado sufrió lo que llaman un exceso de presión y dejó de funcionar, se hace duro perder la confianza en uno mismo, pero perderla en el mejor y único amigo que te queda es bastante peor. En una semana la situación se hizo insostenible, mis huevos pesaban cinco veces más, mi padre medía cinco veces menos, y a mi madre la tuvimos que llevar al hospital cuando en lugar de preguntarle a mi padre que se si se había terminado los huevos le preguntó si se los había vaciado. Caótico ya le digo y mis huevos seguían hinchándose, se confirmaban los síntomas que dijo el médico. Me llevaron a urgencias, no me podía sentar, andaba como si estuviera escocido y ni los pantalones ni los calzoncillos me valían.

En urgencias, no creo que supieran lo que me pasaba, pero corrían de todas formas, el único que estaba más o menos quieto era yo y si le tengo que confesar algo, lo hacía porque moverme me costaba horrores, con todo eso entre las piernas. Usted cuando se sienta, instintivamente separa las piernas y reclina el culo, bueno pues cuando yo hacía eso los huevos tiraban de mi escroto hacia el suelo como si estuvieran bajo una gravedad de 12g, y eso que ni tan siquiera sé lo que significa, pero lo leí en un libro de ciencia ficción y me gusta como suena, por eso se lo digo a todo el mundo cuando les explico lo que siento cuando tengo los testículos hinchados. Menos mal que no tenía la femenina costumbre de cruzar las piernas. La consulta del médico que me atendió, se convirtió en un pasillo de museo, todos querían ver al monstruo, cuando terminamos de explicarle mi caso al vigésimo primer médico que vino a verme, entró nuestro doctor, jamás pensé que me alegraría de volver a verle pero así fue. Como una vaca que espanta moscas con el rabo fue echando a todos los especialistas que habían bajado a verme, el de hinchazones, el de aparatos reproductores y el de las fotocopias que no se creía que alguien pudiera tener los huevos de ese tamaño, en fin a todos. Cuando el doctor les dijo que dejaran de tocarme los huevos, empecé a querer un poco a mi padre, pensé que le mataba. Tras lo que ellos llamaron un tratamiento de urgencia y que consistió en dejarme encerrado dos horas con dos ejemplares del Interviu del 76, una enfermera nueve años mayor que la revista (gran año ese sin lugar a dudas) y un bote de aceite corporal, salí por mi propio pie del hospital, mucho más desinflado y mucho más relajado, todo hay que decirlo.

Poco a poco la situación en casa se fue normalizando, tuvimos alguna que otra crisis pero nada que no se pudiera arreglar con un Interviú y una enfermera solícita, aunque para ser del todo sincero, de estas últimas no había demasiadas. Mi cuarto recibió un cerrojo, fue una de las condiciones impuestas, un vídeo y una televisión y yo una suscripción al playboy y una tarjeta con crédito para los canales de pago por visión, ya saben, para el fútbol.

Mi padre también cambió, se compró la enciclopedia de la heráldica, creo que estaba intentando descubrir el error genético de mi enfermedad y se dio de baja del Muy Interesante. No he logrado que hable como las personas normales, ya saben, un “dardo de amor” no es un pene ni aquí ni en ninguna película porno que yo haya visto, pero está convencido de que me equivoco. Mi madre es la que mejor ha aceptado todo esto, según sus propias palabras ha profesionalizado su actitud, está en esa fase “hoy es hoy y ayer también”. Se ha sensibilizado con la problemática y está adoptando una actitud como la de esos personajes que salen en la tele a menudo y teorizan sobre cosas tan singulares como el fútbol, puede parecer una estupidez tener teóricos y filósofos al respecto, bueno pues mi enfermedad también. Ahí está mi madre para demostrarlo. Veo en el telediario las noticias del fútbol y un tipo le dice al micrófono ”el esquema defensivo de no sé qué equipo es muy rígido” y mi madre le responde “la rigidez del pulgar durante la masturbación hace que el sistema sea muy defensivo”, el tipo este del flequillo continúa como si los comentarios de mi madre no hicieran mella en su contrato multimillonario, “es mejor jugar con dos delanteros y un media punta”, mi madre no se arredra y contraataca ferozmente “mientras con una mano sujetas tus testículos, con la otra sacudes con vigor el miembro”.

Realmente es la que mejor se adaptó, aunque logró que no volviera a ver el telediario.