viernes, 6 de marzo de 2009

Cap. 6: El intercambio

Cuando llegaba la primavera al instituto el aire se impregnaba de hormonas, flotaban como las pelusas de los chopos. Todos los años por esas fechas se realizaba un intercambio de estudiantes con otros centros de Europa, el objetivo se suponía que era la mejora del idioma, aunque no tengo del todo claro que realmente eso se produjera, lo que si se producía era un intercambio cultural muy agradable.
Los españolitos de pro nos quedábamos siempre boquiabiertos con las pintas y los aparatos que traían los “guiris”. Aquí estábamos con la mini-cadena de música, ya sabe, esos aparatos que los negros del Bronx transportaban sobre un hombro mientras se balanceaban al ritmo de algo que sonaba muy alto y muy raro. Si le hubiera dicho a mi padre que me llevaba el radio-casette al parque, del guantazo que me mete me trago las cintas del “Rock & Rios” que eran las más escuchadas entonces. Ellos sin embargo aparecían con unos aparatitos pequeños que se colgaban de la cintura que servían para escuchar andando, walkman los llamaban y además con unos cascos también muy pequeñitos que se ajustaban a sus cabezas, no como los nuestros que eran como los que ahora utilizan los obreros para evitar el ruido en las obras.
El intercambio era algo que se había ido introduciendo en nuestras vidas, sin embargo mi padre siempre se quejaba que en su época no existían tantas tonterías, que los idiomas se aprendían estudiando y no haciendo que vinieran a casa extranjeros. Lo que realmente le fastidiaba era que mientras estuviera el europeo en casa él no podría disponer de la habitación de invitados para dormir cuando mi madre le mandaba al sofá, algo que era bastante habitual últimamente.
Yo estudié francés, no se porque, lo eligió mi madre, igual que la religión y nunca me planteé cambiarme al inglés, aunque el tiempo nos ha quitado la razón, en el instituto puedo decir que los privilegiados éramos nosotros. Yo de todas formas prefería el francés, no era lo mismo tener una francesita en casa con todo su glamour que un inglés. ¿Dónde se puede esconder la cerveza y el güisqui? Eso ha sido lo único bueno que conseguí con el francés, aunque no me sirviera de mucho estudiarlo ya que incluso cuando después de los años fui a Francia tuve que hacerme entender por señas, ni les entendía ni hacían nada para que les entendiera. Cuando salieron las listas de asignación de los alumnos de intercambio, me quedé un poco decepcionado, junto a mi nombre aparecía un tal Narcisse Lefaitseul.
Llevaba meses esperando, soñando incluso, con una pequeña francesita que corriera asustada a mi cama en las noches de tormenta como cantaba Georges Brassens, pero para colmo de mis desgracias me había tocado un tío. Un gabacho que usaría el rizador de pestañas de mi madre y las maquinillas de afeitar de mi padre, era patético. Entre mis compañeros de clase había habido de todo, los masculinizados, tuvimos que aguantar las bromas de los afeminados, era parte del ritual del intercambio. No hubo más temas de conversación durante las semanas siguientes hasta que llegaron.
El día de autos, sábado por la mañana, llegó el autobús con los inquilinos, la recepción fue un acto muy español, los profesores se habían equivocado de hora y no había nadie del instituto para recibirles, tuvimos que organizarnos los alumnos y los padres como pudimos. No hace falta decir que por nuestra parte nadie hablaba el suficiente francés como para hacernos entender, gracias al profesor de español que venía con ellos que pudimos aclararnos y hacer el reparto. Poco a poco se fueron asignando todos los franceses a sus hogares de acogida, casi estaban terminando cuando me di cuenta de que no quedaba ningún chico transpirenaico por asignar, el narcisista no había venido, lo que me faltaba hasta los tíos me daban plantón. Cuando nos acercamos al profesor para pedirle explicaciones se limitó a sonreír y señalarnos a una muchacha sentada encima de una maleta como las que te llevarías a una isla desierta, los cascos en las orejas (en ese momento no sabía que eran) y chupando distraídamente un rizo del pelo, “él” era Narcisse. Mi padre me regañó por no saber nada de francés, no fui capaz de distinguir el nombre de un chico del de una chica. Camino de casa mi padre se empezaba a imaginar toda una serie de contratiempos, los cuales se fueron cumpliendo uno a uno en cuanto la muchacha se instaló en nuestra casa.
Un tornado recorriendo la casa no hubiera provocado tal desastre, del brazo de Narcisse se colgó mi madre que le iba explicando de forma atropellada un galimatías de conceptos y de ideas genéricas que sin duda ella no entendía. Yo no fui capaz de seguir la conversación, iba cambiando de tema, saltando de uno a otro sin orden ni concierto, “mi hijo es muy buen chico, un poco tímido”, “eres una monada, que naricilla respingona”, “ese es el baño”, “que suerte tienes chica con tan poco pecho te quedará la ropa fenomenal”, “esa es la cocina, tienes comida en el frigorífico, te haces lo que quieras cuando tengas hambre”, “dejad la maleta en el cuarto de invitados”, … Una ametralladora cargada de palabras, Narcisse la miraba con unos ojillos desesperados, su castellano era tan malo como mi francés sin duda. Después de haberla enseñado toda la casa y la mitad de las palabras del diccionario y sin que la pobre muchacha hubiera asimilado ni lo uno ni lo otro, dejamos a Narcisse en la que iba a ser su habitación y nos reunimos la familia en cónclave, había que sentar las normas del comportamiento mientras ella estuviera en casa. La sesión la presidió mi madre que como siempre llevaba la voz cantante cuando se trataba de organizar algo, mi padre era ferroviario y eso de tomar decisiones que no estén previamente fijadas le dejaba descolocado. Él podía organizar a un montón de pasajeros sin billete, pero este tipo de situaciones le desbordaban.
Sólo se fijaron dos normas básicas, una estaba prohibido ir desnudo por la casa y la otra no se hablaba de mi problema. La segunda era obvia, pero la primera me dejó desconcertado, en mi casa nadie anda en pelotas por ahí, me pareció una norma más para sí misma que para mi padre o para mí, creo que Safo seguía recitando en su oído.
Una vez acordado todo esto, fui a ver Narcisse, igual necesitaba ayuda. Cuando me abrió la puerta mantenía esa carita de asustada.
- “Tout va bien?” – la pregunté.
- “Oui, je crois” – me contestó.
- “Ma mere est ainsi” – le dije intentado justificar el arrebato de mi madre.
En cuanto vio que podíamos entendernos me dijo, “Par dieu, tu parles comme les indiens”.
Durante esos primeros conatos de conversación, me di cuenta de la realidad, no tenía ni idea de francés, pero claro tampoco se podía esperar mucho más, ni yo era el mejor estudiante de mi clase ni el sistema educativo era una maravilla. Para mis profesores era bastante más importante que aprendiera el nombre de los afluentes del Duero que aprender un idioma de la comunidad europea que posiblemente podría darme de comer en el futuro. Lo peor sin duda es que a ella le había sucedido lo mismo, no tenía ni idea de castellano, aunque en su defensa he de decir que los estudios de castellano para ella eran lo que llamamos una maría, lo tenían como idioma secundario por detrás del inglés que era obligatorio.
Ese mal planteamiento del sistema educacional me estaba coartando mis posibilidades de futuro y sobre todo (aunque secundario por supuesto) de intentar ligar con mi nueva “hermanita”, un verdadero desastre. La realidad nos había puesto a cada uno en su sitio, a mi en la ignorancia y a ella sin poder relacionarse con mi madre. De todas formas los humanos siempre encontramos la forma de salir adelante y mi madre que aunque a veces dudo que sea del todo humana, también logró hacerlo con Narcisse, las conversaciones se redujeron a una simpleza absoluta, “comida”, “plato”, “salir”, “no tocar”. No había nada que no pudiéramos decirnos mediante monosílabos e infinitivos, lo de conjugar ya se sabe que no es lo mío. Fueron pasando los días sin grandes novedades, nos acostumbramos a su presencia enseguida y se convirtió en uno más de la familia.
Con Narcisse vino una de sus mejores amigas, Laisse Tomber. Era la chica más guapa que había visto en mi vida, tenía una sonrisa triunfal que hacía que me sintiera bien cuando la veía, era la primera vez en mi vida que me había enamorado. Me pasaba el día detrás de ella, escuchándola e intentando hablar con ella, pero no conseguía pasar de ahí, en cuanto me miraba me ruborizaba y se me secaba la boca, era incapaz de decirla nada. Todo intento de aproximación se quedaba reducido a una secuencia de despropósitos que terminaban en el ridículo más espantoso y yo no comprendía nada, hasta ahora nunca me había sucedido algo así.
Las semanas fueron pasando y no lograba articular una palabra delante de ella. Se estaba acabando el intercambio y no había sido capaz de decirle nada. Unos días antes de marcharse ocurrió un suceso en casa con Narcisse que hizo que todo se viniera abajo, mi amor perdido y mi vida destrozada. Estaba en el baño de casa haciendo mis necesidades, allí sentado tan ricamente leyendo el último número de Conan, cuando de repente se abre la puerta y entra lanzada Narcisse. En nuestra casa no se suele cerrar el pestillo de la puerta ya que habitualmente sólo estamos mi madre y yo. Si su cara era un poema la mía era una un requiem, sin decir ni palabra se dio la vuelta y salió. La carcajada se oyó en todo el país, que humillación, yo allí sentado con los pantalones en los tobillos y el comic entre la piernas, cada vez que lo recuerdo me arden las orejas. A partir de ese incidente rehuí su compañía y la de sus amigas, ni Laisse ni Narcisse, ni gaitas, no pensaba pasar por el trance de enfrentarme a sus risas.
Soporté durante las semanas siguientes hasta el final de la estancia de Narcisse todo tipo de sonrojos y de bromas hasta la fiesta de despedida de los gabachos. La tarde antes de la fiesta Narcisse vino a buscarme a mi habitación y después de pelearnos con nuestros idiomas consiguió convencerme para ir a la fiesta, en la que según creí entender me tenía preparada una sorpresa.
La sorpresa se tornó en consternación cuando cogiéndome de la mano me llevó hasta donde estaba Laisse y empujándome de la nuca acercó mis labios a los de su amiga, no hicieron falta más ayudas. ¡Vive la France¡ Bailamos, nos miramos, imagínese si me había enamorado que no tuve ni una erección durante toda la fiesta, aquello era amor en estado puro, amor idiotizado y juvenil.
Al terminar la fiesta, Laisse me propuso ir a mi casa, en aquella época supongo que en Francia era distinto, pero lo que es aquí no era tan fácil llegar a casa con una chica y meterla en tu dormitorio, las explicaciones a mis padres no iban a ser nada fáciles. Aún así preferí dárselas antes de tener que despedirme de esa forma de Laisse, pensar que al día siguiente sería nuestro último día juntos me rompía el corazón.
Agarrados de la mano y con una sonrisa de tonto en la cara nos fuimos hasta mi casa. Por suerte no había nadie, por una vez alguna cosa salía bien. Nos besamos largamente, demorando el momento de pasar a temas mayores, sobre todo por mi parte ya que no quería estropearlo y mi problema seguía estando allí, lo quisiera yo o no. Finalmente agarré el toro por los cuernos como solemos decir y le intenté explicar a Laisse lo que me sucedía. Al principio no entendía nada, pero tras algunos ejemplos y sobre todo después de enseñarla el tamaño de mis huevos que en esos momentos casi no cabían en mi mano se convenció que era verdad y que había entendido lo que la estaba explicando. Su sonrisa de comprensión iluminó mi corazón como las primeras navidades. 
Hicimos el amor como si creyésemos que íbamos a volver a hacerlo al día siguiente, prolongando los silencios, acariciando los instantes, uno de los mejores recuerdos que guardo muy dentro de mi sin duda.


Cap. 5: Familias adultas

Como ya le había dicho, mi madre fue sin duda la que mejor aceptaba mi problema, creo que incluso estaba orgullosa. Se jactaba de tener una holstein capaz de competir en cualquier feria, una vez incluso, por encima de mi sonrojo, especuló con que yo solo podría repoblar, si hiciera falta claro, un planeta entero y nos soltó a mi padre y a mi toda una disertación sobre un artículo que había leído (yo pensando que habían anulado la suscripción al Muy Interesante) en el que explicaban un proyecto de científicos internacionales que consistía en enviar un grupo de cien mujeres y otros tantos hombres a un planeta deshabitado, con este grupo decía mi madre podrían repoblar el planeta en unos doscientos años, bla, bla, bla. “Si te mandaran a ti sólo se evitarían enviar a otros noventa y nueve más, ¿por qué no te apuntas?” 
Que conste que yo quiero a mi madre, pero hay veces en las que, para que le voy a engañar, me gustaría que fuera de otra forma por decirlo de una manera suave. En cualquier caso mi enfermedad además del citado cambio de actitud frente al telediario y la ciencia en general, la afectó con respecto a su cuerpo y a su propia sexualidad y estos cambios fueron radicales, de la noche a la mañana. Una noche llamaron a la puerta de mi habitación, era mi padre.
- “¿Sabes dónde está tu madre?, son las doce de la noche y aún no ha vuelto” – me preguntó.
Enseguida comprendí que no había cenado y que se moría de hambre ya que a su edad y con su generación a cuestas difícilmente sabía encender ni el fogón para hacerse unos huevos fritos. Me levanté y le hice algo para cenar, aunque no identificó todas las piezas que había en el plato estaba tan desesperado que se las comió sin rechistar. En esas estábamos cuando oímos abrirse la puerta de la calle y una chica de unos veinte años se asomó a la cocina. Se parecía algo a la señora que era mi madre cuando había salido de casa ocho horas antes.
El pelo no tenía esa doble capa bicolor negro en la coronilla y medio marrón en las puntas, ahora lucía un Marilyn brillante que nos dejó ciegos, más a mi padre que a mí. Una fina camiseta blanca de tirantes con un ondulante letrero que decía “Coco Chanel”, recogía con cierto éxito el generoso busto que un día me alimentó y que en estos momentos pugnaba por salir pero no encontrando un camino fácil, el izquierdo lo intentaba por el escote y el derecho por la sisa. Lo que no conseguía de ninguna forma era disimular los pezones que enrabietados ante la desaparición de su más acérrimo defensor, el compañero playtex, lanzaban al receptor del mensaje publicitario una idea bastante equivocada sobre la marca en cuestión. El pantalón muy fino también, se incrustaba de manera escandalosa en su entrepierna, mostrando tan claramente la vulva que parecía no tener nada sobre la piel. Cerraba el modelito unas sandalias de pedrería, una americana negra y un bolso en el que a pesar de lo que hubiera dicho la vendedora ahí dentro jamás se podría guardar nada.
Cuando se dio la vuelta para mostrarnos el modelito a mi padre se le cayó el tenedor, el sudor perlaba su frente y no lograba tragar la saliva. “¿Dónde está mi mujer?” preguntaba una y otra vez, mientras recorría cada una de las curvas que mostraba mi madre. Yo tomé conciencia de que mi madre tenía culo, si como lo oye, mi madre tenía culo. Pregúntele a cualquier hombre si su madre tiene culo y le contestarán lo mismo, “supongo”, ninguno tendrá la certeza ya que ni siquiera se han fijado.
Esa iba a ser mi madre a partir de entonces, y no crea que dejó de hablarme como lo hacía antes, no que va, seguía insistiéndome con lo de los pulgares y en que cambiase el vídeo por la lectura, que tenía que fomentar mi imaginación, si ella supiera. Junto con su apariencia también cambió de amistades o al menos amplió el círculo, antes sólo venían a casa vecinas o alguna amiga de toda la vida. Empezaron a venir a tomar café, lo que fue el club de fans de Abba, allá en los setenta, convertidas ahora en super-modernas cuarentonas que dejaban un rastro de perfume allí por donde pasaban y que eran seguidos por otros de baba de mi padre cuando estaba en casa. Nunca logré enterarme sobre que temas hablaban ya que eran especialmente cuidadosas cuando estaba yo delante, cada vez que me asomaba al salón donde ellas se reunían, un silencio demoledor aplastaba cualquier intento mío por participar. De hecho, para mi, no era tan importante escuchar sus conversaciones, verlas era el auténtico espectáculo.
Todos los días cuando volvía a casa a las ocho más o menos después de clase merendaba y me encerraba en mi habitación, allí además de no hacer los deberes me entretenía con mi colección de revistas y ponía al día mi videoteca, pero una tarde regresé a eso de las cuatro ya que no hubo clase. Fui a mi cuarto directamente, dejé los libros y cuando abrí la puerta para ver quien había en casa oí un ruido bastante extraño que venía del dormitorio de mis padres. Yo sabía que mi padre no estaba en casa ya que esa semana tenía el trayecto de Irún y no volvía hasta el viernes. Al principio me asusté un poco, no fuera un ladrón o algo así, pero armándome de valor me acerqué todo lo sigilosamente que pude. El crujido de mis zapatillas sobre el parquet era como si fuera golpeando un tambor, me las quité y seguí conteniendo la respiración. El ruido seguía oyéndose, era casi rítmico y claramente provenía del dormitorio de mis padres.
La puerta estaba entreabierta y el ruido definitivamente era de cama. ¡Coño¡ pensé, mi madre le está poniendo los cuernos a mi padre. El mero hecho de pensarlo casi hizo que me diera la vuelta y me marchara corriendo, pero la curiosidad pudo con la vergüenza y seguí acercándome. Desde el pasillo y con la puerta entornada no se puede ver la cama ya que está ubicada justo detrás, si esto fuera una película habría un espejo orientado justo hacia la cama pero la realidad no suele funcionar igual. Si la película fuera de las que ganan premios en el espejo se podrían observar dos cuerpos retorcidos en poses imposibles, semi-ocultos por alguna sábana o por las barras de la cama que impedirían que a la actriz se la vieran los pechos desnudos. Por el contrario si la película fuera de las que suelo ver yo para aligerarme, el enfoque del espejo coincidiría con los genitales acoplados de los amantes y la cama no tendría ni barrotes ni sábanas inútiles.
Pero en la habitación de mis padres las cosas son como en todas las habitaciones de los padres del mundo, salvo claro está, que en esta los que se estaban revolcando no eran precisamente mis padres. Ahora que estaba prácticamente pegado a la puerta oía con claridad los gemidos y ronroneos clásicos en las escenas de sexo, todo ello amenizado por el acompasado ruido del somier. Estaba decidido a averiguar quien era el amante de mi madre, pero no tanto como para que me descubrieran espiando, si movía la puerta se vería claramente desde la cama y por la rendija no me cabía la cabeza para echar una ojeada rápida, tenía que hacer algo y deprisa ya que el polvo podía acabar en cualquier momento y yo tendría que salir volando de allí.
Estaba maldiciendo mi mala suerte y al guionista de la película por no haber pensado en poner un espejo cuando se me ocurrió la solución, si no hay espejo en la pared coge uno y listo. Dicho y hecho, me escabullí hasta el cuarto de baño donde mi madre tiene uno de esos espejos redondos con dos lados, uno con aumento para verte cualquier cosa y otro normal, no era muy de mano pero valdría para lo que lo necesitaba. Introduje el espejo por la rendija de la puerta con mucho cuidado para no golpear la puerta y no hacer ruido, cuando miré lo veía todo borroso, lo había puesto del lado del aumento y no se distinguía nada, tuve que sacarlo y volver a meterlo esta vez del lado correcto. Ahora si, pensé, pero lo único que veía era el armario, lo giré hasta que apareció la cama, menos mal que el tipo este tenía aguante, llevaban por lo menos veinte minutos dale que te pego y los ruiditos seguían constantes. Cuando logré enfocar la cama tan sólo se veían los pies, no se distinguía nada más. Tanto trabajo para un par de pies, como si estuviera mirando un suelo de cristal desde abajo, dos pies allí plantados que se movían siguiendo el ritmo cansino. Mi valentía no conocía límites, empujé un pelín la puerta, lo suficiente para poder maniobrar con el espejo, orientarlo hacia la cama y lograr ver algo más. Como supuse que la puerta chirriaría intenté que coincidiera el empujón con el ruido del somier, allí estaba yo siguiendo el compás del polvo de mi madre y contando uno, dos y … nada, la puerta se movió lo suficiente para que pudiera dirigir el espejo pero no hizo ningún ruido, estaba claro que veía demasiado cine.
Por fin podría ver quien se estaba cepillando a mi madre, abandoné la visión de los pies hasta que topé con más carne. ¡Un culo! ¡Y de tía! Del susto moví el espejo para no seguir viendo el culo de mi madre, la educación de las monjas me ha marcado mucho, pero al moverlo, el espejo se quedó parado sobre unas tetas. ¡Leches¡ iba a terminar viendo a mi madre en bolas y yo lo que quería era ver la cara del fulano que se la beneficiaba. Pero un momento, piensa, me dije a mi mismo, ¿cómo es posible que pueda ver el culo y las tetas de mi madre a la vez? O esas tetas no son de mi madre o es la niña de la película del exorcista. Orienté el espejo hacia arriba para intentar averiguar algo, y en efecto, mi madre no era la niña del exorcista, ¡era Emmanuel¡ Ese culo era de una tía y las tetas también, ¡pero no de la misma!, mi madre era tortillera (en aquella época los términos gay y lesbiana no significaban lo mismo que ahora) y se lo estaba montando allí mismo, delante de mis ojos. ¡Pero si yo era menor de edad y no podía ver esas cosas¡ Además, que es mi madre por Dios.
Mi polla opinaba justamente lo contrario que mi cerebro, cuatro tetas eran cuatro tetas y dos coños eran dos coños y si además se estaban frotando entre sí, pues no le quiero ni contar, en el lenguaje básico que manejan estos apéndices, no puedes andar con remilgos, las cosas claras y el chocolate espeso, y aunque es cierto que en temas de sexo es cerebro en un noventa por ciento, hay veces en las que ambos no logran ponerse de acuerdo. Tuve que separarme de la puerta por miedo a abrirla con la erección que me había provocado la escenita, nunca se me habían llenado tan rápido los depósitos. Habrá visto como inflan los globitos los niños en la fuente del parque, pues eso le estaba pasando a mis pelotas, coloqué el espejo lo mejor que pude para poder manejarlo con una mano mientras la otra maniobraba dentro de mi pantalón. He de reconocer que habiendo más de ochenta años en la cama, no estaban nada mal, el busto un poco al estilo Golden Gate, los vientres no muy tersos y unos labios grandes y jugosos, increíblemente apetecibles con una clara ventaja, no hablaban. Se notaba que mi madre era un poco novata o estaba bastante floja de forma, le costaba mantener el ritmo de su compañera y constantemente deshacía el nudo de piernas. Al cabo de un ratito, noté una convulsión y oí claramente el lamento del orgasmo.
Como a mi no me había dado tiempo a vaciarme y tampoco quería dejar allí el charco delator, me retiré lo más disimuladamente que pude a mi cuarto para seguir con la terapia. Me miraba en el espejo de mi madre con cara de culpabilidad, los recuerdos me asaltaban una y otra vez mientras grandes salvas salían disparadas celebrando la recién descubierta sexualidad de mi madre.
Todo esto me dejó dos traumas muy marcados, el primero fue que tuve que deshacerme de todo el porno lésbico que tenía acumulado, cada vez que veía una escena entre dos mujeres, pasados unos minutos terminaba viendo a mi madre y a su peculiar amiga en el televisor y aunque he de reconocer que mi erección era bastante más consistente que con las actrices no me sentía muy reconfortado por ello.
El otro trauma fue que cuando iba con mi madre por la calle y nos cruzábamos con alguna chica guapa, en lugar de mirarla me fijaba más en la reacción de mi madre no sé que esperaba ver, quizá oírla chiflar o ver como le tiraba un pellizco al culo, yo que sé, supongo que es lo que deseaba en el fondo, pero nunca sucedió.



jueves, 5 de marzo de 2009

Cap. 4: Vecinos

La experiencia sexual vivida con Claire me sirvió sobre todo para darme seguridad en mí mismo y pensar que mi problema podría llegar a convertirse en una virtud si aprendía a utilizarlo. Me notaba más tranquilo, y confiado, respondía con mayor facilidad y hablaba con más franqueza. Claire no pudo ayudarme con mi tono de voz, normalmente tenía un timbre de joven, pero de vez en cuando salían de mi boca tonos de ultratumba. Yo sabía que era fruto de la edad y de las transformaciones que estaba sufriendo mi juvenil cuerpo, pero eso no me proporcionaba ningún alivio. Estas fluctuaciones que se me escapaban provocaron un incidente que me costó dios y ayuda solucionar.
Una tarde estaba merendando cuando llamaron a la puerta, era Ludwina Betovén, vecina de puerta y amiga de mi madre de toda la vida. El edificio donde vivían mis padres era de esos antiguos llenos de escaleras y recodos, con techos muy altos y grandes ventanas de madera. Todos los vecinos eran de renta antigua, por lo que la media de edad en el bloque no bajaba de los sesenta años, siendo mis padres y Ludwina los más jóvenes, mis padres que fueron de los últimos en conseguir un contrato de estos y Ludwina que se quedó con el contrato cuando su madre, viuda de guerra, murió de pesadez. Ludwina tendrá (no sé si sigue viva) 10 o 12 años menos que mi madre y estaba casada con Donnadie, un tipo anodino al que era difícil saludar ya que pasaba desapercibido en cualquier situación. Cuando te cruzabas con él siempre tardabas un par de pasos en darte cuenta que había pasado, yo creo que era espía o algo así o si lo hubiera sido, seguro que se hubiera convertido en una leyenda.
Ludwina no trabajaba y como no tenía hijos se dedicaba durante horas con absoluta devoción a no hacer nada. No le exigía mucho a la vida, pero siempre se quejaba que su marido las únicas necesidades que lograba cubrir eran las económicas, al menos eso decía cuando hablaba con mi madre de las patas de gallo, sinceramente yo no comprendía muy bien que podían tener en común tener arrugas en la cara con la insatisfacción, siempre pensé que eran algo que aparecía con la edad, como la razón o el juicio, ¡qué equivocado estaba¡ Para ella yo era el hijo que nunca tuvo, “tráeme el pan que se me ha olvidado” o “ayúdame con la bombona del butano que pesa mucho y no puedo”. Durante muchos años yo le ayudaba para que mi madre no me diera la lata y también porque de vez en cuando me daba la propina. Un pequeño incidente hizo que mi actitud cambiara y pasé de escabullirme a ofrecerme. Una tarde que me había llamado pulsé el timbre de su casa con cara de “el soldado pringado se presenta para los recados del día”, me abrió la puerta con un mini bikini que quitaba el hipo, no la hubieran permitido usarlo en ninguna piscina pública por poco público. Eran dos piezas incoherentes que sólo se veían entre ellas cuando las guardaba en el mismo cajón, la parte de arriba llena de topos blancos sobre verde-promesa y la de abajo de margaritas blancas inmensas sobre fondo rosa-axioma, supongo que sentada en un carrito de la caravana del rocío no hubiera desentonado mucho, pero ni esto era el rocío ni ella una folclórica de peineta y escandalosa vida pública. Se notaba a la legua que esos dos trocitos de tela habían salido del baúl donde Ludwina guardaba los recuerdos de la primera comunión, no porque estuvieran viejos, sino porque era físicamente imposible que pudieran cubrir mínimamente lo que la decencia exige.
Desde el quicio de la puerta me explicó no se qué de ayudarla con una tumbona, yo estaba tan alelado con el modelito y la carne que no oía nada, tuvo que agarrarme de la mano para que la siguiera. En la terraza me esperaba una cosa de esas de madera que se compra en los grandes almacenes y que se pliega sobre si misma tantas veces que es imposible saber que va a salir de allí, formaba un puzzle del que puedes sacar un armario o una estantería, pero jamás algo que se parezca a la foto del envoltorio. Por supuesto las instrucciones venían en inglés, francés, alemán, y otros cuantos idiomas que no identifiqué y mucho menos entendí, ya casi al final del folleto, cuando no me quedaban idiomas encontré uno que se parecía, era italiano. Como suele suceder, vas leyendo y crees que lo entiendes hasta que llegas a lo interesante y te das cuenta que realmente no has entendido nada, mala suerte el manual no servía para mucho.
Estuve casi una hora peleándome, me pellizqué todos los apéndices con los múltiples dobleces y cuando digo todos los apéndices me refiero a todos. Tanto darle vueltas a la tumbona y a Ludwina, yo ya no veía nada más que carne por todos los lados. Cuando terminé tenía montada la tumbona en la terraza y una tienda de campaña en el pantalón, no esperé ni a que me diera las gracias, salí corriendo a mi habitación para vaciarme. A partir de ese día me hacía el encontradizo con ella, la esperaba en la escalera para subir detrás de ella y mirarla el culo, iba a su casa para preguntarle chorradas, incluso todavía hoy tengo algún que otro sueño con ese bikini deslavazado.
Como le decía, esa tarde le abrí la puerta y me recreé con su culo mientras la seguía por el pasillo, “vaya vestidito, arruinaría el truco a un mago, nada por aquí, nada por allá y encima con ese pedazo de culo”, pensaba yo. Aún tenía en mis retinas el movimiento de las dos esferas de su culo cuando vi que se giraba en redondo y con los brazos en jarra me dijo:
-“¿Qué has dicho?” - mirándome inquisitoriamente, como si tuviera proyectado en mi cara el contenido de mi cerebro. ¡Dios¡, lo había dicho en voz alta no había sido un pensamiento. Por si fuera poco el comentario, mi cambiante tono de voz había elegido ese preciso momento para convertirme en Plácido Domingo y demostrar así que mi vecina no era tan sorda como todo el mundo creía. Intenté dar una explicación medianamente plausible, pero como no sabía exactamente que había oído lo único que conseguí fue complicarlo más. Se marchó al salón a ver a mi madre sin decir ni una palabra y yo me fui a terminar mi merienda, pensando que iba a ser como la última cena, en cuanto mi madre supiera lo que había pasado era hombre muerto. Estuvieron charlando como si no hubiera sucedido nada durante un buen rato, esa falsa calma me ponía muy nervioso. Después de unos veinte minutos de angustia en el corredor de la muerte y cuando ya empezaba a pensar que realmente no habría consecuencias, oí como Ludwina se despedía de mi madre, desde la puerta de la calle y cuando yo ya empezaba a respirar con más normalidad, como si se la estuviera ocurriendo de repente me llamó para que la ayudara a mover la lavadora que se le había caído algo por detrás y no alcanzaba.
Camino del matarife fui arrastrando mis pies por el pasillo, la cabeza baja y los ojos sin acercarse a mi verdugo -“tranquilo hombre, que parece que no quisieras echarme mano, digo echarme una mano”- dijo Ludwina, casi me caigo, que tensión. Ya en su casa me hizo pasar delante de ella, -“para darte un repaso como el que tú me has dado a mi”- sentía sus ojos encima mío, un escalofrío me recorrió la columna, me sentía como esas gacelas que usan como cebo en ese río tan famoso de África, único en el mundo donde quedan leones que trabajan para ganarse la vida, aunque sea de extras para los documentales de la BBC. Llegados a la cocina me acerqué al lavadero donde estaba la lavadora. No había cogido todavía el borde cuando noté como una mano se metía entre mis piernas desde atrás, agarrándome el paquete, intenté incorporarme, pero otra mano me sujetó del cuello, obligándome a inclinar el torso sobre la máquina. Porque sabía que era Ludwina si no me hubiera muerto de miedo, esto lo había visto en las películas de cárceles, cuando en las duchas a los novatos tipos de talla extra-grande les pone también así y luego les…, bueno ya sabe, no quiero profundizar más en el tema. Un escalofrío me recorrió la espalda cuando sacando la camiseta del pantalón metió la mano dentro, clavó las uñas y fue bajando por la espalda en la que dejó una autopista de cuatro carriles del cuello a la rabadilla. Cuando me las vi por la noche en el espejo del baño me recordaron a esas que construyó Hitler para dar trabajo a los alemanes y aunque no dibujó los puestos de peaje, puedo asegurarle padre que lo pagué, vaya si lo pagué.
Después de hacer de ingeniero de caminos con mi espalda, agarró la goma del calzoncillo y tiró con fuerza hacia arriba, tuve que ponerme de puntillas, tenía el paquete comprimido por la tela. Me mantuve apoyado en la lavadora, supongo que era mi tabla de salvación en esos momentos, empezó a acariciarme el bálano por encima del pantalón, el mástil se izó más tieso que nunca, las bodegas se empezaron a llenar a marchas forzadas. Prácticamente se había echado encima mío, notaba los pezones clavados en la espalda lanzados por la autopista a más de 200 por hora mientras me acariciaba suavemente la nuca con una mano y con la otra que había logrado colar por dentro del pantalón me masturbaba lentamente. Empecé a culear como si estuviera jodiendo con la lavadora por el hueco del suavizante. Las revoluciones aumentaban y estaba a punto de centrifugar cuando noté una presión fortísima en el hueco que hay entre el ano y el escroto, apretó con tal fuerza que me paró la eyaculación de repente, me agarró los testículos y tiró de ellos con violencia, pellizcándolos, primero uno y luego el otro.
Se me doblaron las rodillas, de no ser por la lavadora esta hubiera sido mi primera caída camino del Getsemani. Ahora recordándolo me doy cuenta lo sabia que es la naturaleza y como hizo que me agarrara a ese clavo ardiendo en previsión de lo que iba a ocurrir y que no fui capaz de ver hasta que ya había pasado. Me dio la vuelta y bajándome los pantalones y el calzón se metió la polla que había perdido casi toda la erección en la boca mientras me masajeaba, ahora de una forma muchísimo más suave las hinchadísimas pelotas. Para que se haga una idea del nivel que habían adquirido, cuando normalmente suelen tener entre seis y ocho centímetros de diámetro los míos superaban con creces los veintidós centímetros. Me sorbía como si fuera la pajita de un refresco, se le hundían e hinchaban los carrillos con el movimiento de vaivén que hacía con la cabeza. Cerré los ojos, era lo más placentero que había sentido en toda mi vida, oleadas de escalofríos me estremecían provocándome espasmos en las piernas, iba a soltar tal cantidad de leche que tendría que salir nadando del lavadero, por Judas que la iba a inundar por lo que me estaba haciendo.
Sudaba a mares, las gotas me escurrían desde la frente hasta la barbilla, intentaba fingir para que no se diera cuenta de que estaba a punto de correrme y sorprenderla con la eyaculación, pero todo intento de pensar era inútil, se me encogía el tórax por las convulsiones que sufría. Abrí los ojos en un último intento por contenerme pero la visión de su boca pegada a mi pubis con mi sexo acariciando la campanilla fue demasiado. El primer chorro salió como de cañón de los antidisturbios directo a la garganta, el repique de campanas sonó claro desde el fondo de su boca, de los demás hasta que no abrí los ojos no supe que fue de ellos. Sufrí cerca de cuarenta espasmos eyaculatorios, le aseguro que ese día no necesité vaciarme más veces.
Yo pensando en inundarla para fastidiarla y sin embargo, no hizo nada para evitar que la cayese encima, se estaba dando un baño de Cleopatra, pero no con leche de burra, claro. Me sacudió la verga hasta que estuvo segura que había salido la última gota y que no había más. Cuando abrí los ojos, tenía las manos embadurnadas, de la cara sólo la quedaba una ceja y un trocito de la frente sin manchar, largos churretes colgaban balanceantes de la barbilla hacia el escote por donde se deslizaban hacia la barriga. No dijo ni una palabra, se quitó los pegotes de los ojos, tenía los labios fruncidos y los carrillos inflados, supuse que para evitar que le entraran en la boca, pero una vez que hubo limpiado lo más gordo y ya respiraba con normalidad abrió la boca dejando caer una gran cantidad de leche que había estado reteniendo. En todo este tiempo no demostró la menor contrariedad, era como si no la sorprendiese lo más mínimo, se limpiaba con la mayor naturalidad, un día de lluvia le habría molestado más, sospecho que mi madre ya le había contado mi problema y que el incidente de esa tarde había sido la excusa que necesitaba para hacer lo que hizo.
Se desnudó completamente y me dijo que lo hiciera yo también. Tenía unos pezones enormes, con una areola oscura y muy marcada, llena de pequeños granitos que brillaban por el sudor. En el montón de ropa que dejó en el suelo había un tanga con dibujitos de colores muy alegres, malvas, rosas y verdes que no tardó en desaparecer junto con el vestido dentro de la lavadora.
Como no quería que me llamase la atención me desnudé lo más rápido que pude sin dejar de mirarla de reojo. La seguí hasta el cuarto de baño, preparó la ducha y mientras esperábamos a que se calentara el agua se sentó en la taza, enseguida oí con claridad el chorrito que caía en el retrete y sin siquiera sonrojarse cogió un trozo de papel y se limpió los restos de orina. Estaba como hipnotizado, eran demasiadas novedades para un solo día. Entramos en la ducha, puso gel en una esponja y empezó a frotarme con ella, primero el pecho, las axilas, mi estómago y el pubis, no se entretuvo lo más mínimo, fue muy profesional. Me dio la vuelta y repitió el mismo procedimiento.
Cuando terminó conmigo, enjuagó la esponja y vertió un chorro de otro frasco distinto del que había utilizado conmigo. Al acercar la esponja al agua se llenó el cuarto de baño de primavera, era como estar en el jardín botánico. Le quité la esponja y le di la vuelta, era mi turno. Empecé de abajo a arriba, los pies, las piernas, el pubis, el ombligo. Los pechos, primero uno y luego el otro, los pezones, duros a rabiar y el cuello. Media vuelta, la espalda por encima casi de corrido hasta el culo. Le separe las nalgas y hurgué hasta llegar al agujero. Una vez bien limpio acerqué mi boca y lo lamí, el olor penetrante del gel inundó mis fosas nasales, puse la lengua dura con forma de lanza y la penetré. Le separaba las nalgas con las manos pero al estar mojadas se me escapaban los cachetes de los dedos, por lo que estuve un buen rato sin respiración, atrapado y sin dejar de chupar entre las dos grandes masas de carne. Agachándome un poco paseé mi lengua por el periné hasta llegar a la vulva, tenía los pelos de esa zona hirsutos por lo que deduje que se los rasuraba habitualmente y aunque no era mucho el vello si era bastante molesto para mi lengua por lo que salté directamente al interior. Enseguida distinguí ese saborcillo salado tan característico y que tanto gusta a los grandes gastrónomos por unos motivos y a los pequeños “donjuanes” por otros.
Me deleitaba sorbiendo los jugos que manaban mientras con un dedo titilaba suavemente el gran botón que asomaba por encima de la rendija que estaba acogiendo gustosa mi lengua. No sé el tiempo que había transcurrido cuando noté una agitación en sus piernas, como una sacudida eléctrica que me indicó que se había corrido. Recogí el resto de su corrido en mi boca, mientras me acariciaba con ternura la cabeza, como un buen perrito que ha hecho bien el encargo.
Nos secamos sin decir ni una palabra, me puse la ropa y me fui a mi casa donde me esperaba la merienda sin terminar.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Cap. 3: Deporte y salud

En esa época practicaba bastante deporte, habitualmente baloncesto con los amigos, partidillos de sábado por la mañana en la que los codos y las rodillas eran castigados y en los que la Coca-Cola de después del partido era tan importante como contar con un balón y una canasta. Jugábamos en un pequeño parque del barrio, una canasta anti-gamberros toda ella de metal que sonaba a lata cada vez que el balón golpeaba en el tablero y unas cadenas oxidadas en lugar de la típica redecilla. Recuerdo la rivalidad que teníamos con otro grupo de chavales de uno de los barrios de al lado, eran de otro colegio y eso hacía más encarnizada la pelea. Por lo general defendíamos la canasta como propiedad, pero cuando no había más remedio cedíamos a la tentación de la lucha callejera bajo el tablero. Otro factor que influía en la decisión de entrar o no en guerra eran las chicas pretendidas por ambos grupos, si rondaban por el parque, ese sábado había leña si no aparecían podíamos jugar relajados sin la presión de la alta competición.
El tenis era el otro deporte que me gustaba. Lo practicaba de manera más seria, iba todos los lunes, miércoles y viernes a las ocho de la tarde a una escuela. Mi monitor era un sueco de nombre Hans, dos metros de vertical y treinta centímetros de horizontal, huido de su ciudad natal por problemas con la justicia, o eso decía él, aunque yo creo que de lo que huía era de una sueca formato vaca suiza que le perseguía con el fruto de sus devaneos en un carrito. Hans era un hombre tranquilo como retrató John Ford, repetía una y otra vez las cosas hasta estar seguro que las habías entendido. Pausado y cíclico, lo de pausado es obvio, cíclico porque sus pautas de comportamiento eran predecibles y repetitivas. Los lunes resaca y mucho zumo, todos hacíamos el ejercicio físico que él no podía hacer, el miércoles la fatalidad había desaparecido y aparecía la vida planificada, en esos momentos su obsesión por nuestra técnica resultaba insidiosa, el viernes aparecía la euforia del fin de semana, su sonrisa imaginaba grandes golpes desde el fondo de la pista y no menos grandes boleas sobre la red, que evidentemente no veía en sus alumnos y que sólo existían en su imaginación.
La escuela la componíamos ocho muchachos y muchachas de diversa procedencia, todos con el objetivo común de nuestros padres, emular a los clanes Sánchez-Vicario o Williams y dejar de trabajar. Un viernes no fue Hans quien nos esperaba con las pelotas en la mano, sino una joven no muy sueca, cuyo aspecto era vagamente parecido a las que tenía por costumbre ver en mis revistas, ya sabe, el remedio a mi enfermedad. Claire tenía una carita morena enmarcada por unos muelles negros como el carbón y un cuerpo azabache embutido en una camiseta insultantemente blanca sobre la que se arrastraba un reptil en busca del calor de su realzado pecho. Se la podía distinguir fácilmente y no sólo por la gran diferencia de color entre su piel y su ropa, sino por el elevado tono de su voz, en estado normal se la oía perfectamente en toda la manzana del polideportivo. Después de media hora de escuchar sus gritos, todos nos esforzábamos denodadamente para evitar que subiera el volumen.
Ese viernes estábamos practicando el revés, cuando me lanzaron una bola que traía un efecto extraño, me lancé al suelo para poder devolverla, pero en ese instante Claire pegó tal grito que el corazón se me disparó. Perdí pie y me dejé la frente en el carrito donde habitualmente dejábamos las pelotas. La sangre brotaba como de un manantial, la espectacularidad de la herida hizo que me llevaran a los vestuarios entre Claire y dos compañeros más, mandó a los otros chicos a la pista para evitar alarmas y armada de algodón y alcohol me limpió la herida y se aseguró que dejara de sangrar colocando un tapón de gasas encima. Cuando abrí el ojo que no estaba cubierto de sangre me encontré mirando a los ojos del cocodrilo de la camiseta de la entrenadora. Mientras con una mano sujetaba mi nuca, con la otra me limpiaba, todo muy inocente, salvo para el montón de hormonas que era yo en esos momentos, su olor a hembra sobresalía por encima del alcohol. No sé si fue el olor, la proximidad, la testosterona o cien mil excusas más que podría llegar a inventar, el caso es que me empalmé.
Los que juegan a tenis saben cómo son esos pantalones que tenemos que usar, cortos con bolsillos estúpidos en los que no caben las pelotas, ni las de tenis ni las otras. Evidentemente tampoco cabía lo que estaba creciendo dentro, de morcillona pasó a semierecta en segundos. Claire se dio cuenta inmediatamente, de reojo miraba mi paquete mientras seguía mecánicamente con la mano en mi nuca, mi erección y el nerviosismo de mi profesora crecían en paralelo. En su camiseta empezó a dibujarse un pezón y el cocodrilo adquirió una nueva dimensión, además de las que siempre nos enseñan en el National Geographic, le había salido una joroba y ya no sonreía. Se apartó de mi y con decisión me quitó la camiseta mientras explicaba atropelladamente no se que sobre sangre en camisetas y grandes manchas. Yo mientras tanto me dejaba hacer más sorprendido que gratificado. Me dio otra camiseta que sacó de mi mochila y cuando me puse en pie para ponérmela, con la misma decisión de antes, se arrodilló y me bajó los pantalones. Esta vez la exclamación sustituyó a las excusas, el sudor empezó a perlar su frente y por empatía la mía, mi aparato se balanceaba groseramente de un lado a otro empujado por algún tipo de anti-gravedad y la cabeza de Claire seguía el compás como si estuviera escuchando una sinfonía que sólo ella fuera capaz de oír.
El vals terminó bruscamente como cuando se levanta la aguja de un tocadiscos, cuando me agarró el pene con la mano, como los cantantes sujetan un micrófono, delicada pero firmemente, sin miedo que no muerde, fue la única forma que encontró para salir del trance. Evidentemente, mi polla expresó su alegría, por la firmeza más que por la delicadeza y mis huevos empezaron a producir como las fábricas nazis en el 41, “economía de guerra”. Una vez que fue consciente que había parado, no quiso soltarlo y empezó el siguiente movimiento de la sinfonía, “allegro ma non troppo”, fuertes movimientos de vaivén convirtieron Tchaikovsky en la “Heróica” haciendo que Beethoven se reflejara en mi rostro y en mi ánimo. Realmente me sentía a mis anchas en el papel de musa, saber que eres el que inspira una cosa así da fuerza para continuar en la vida. Bastaron unos minutos de jadeos y sudor para que la extraña situación concluyera con un orgasmo espectacular y una riada aún más espectacular. Cuando abrí los ojos, Claire era mucho más Claire que antes y mis huevos volvían a tener el tamaño adecuado para ocultarse dentro de mis ajustados pantalones de tenis.
Menos mal que había duchas, ropa para cambiarnos y la excusa de la sangre para cubrir las apariencias, si no la situación hubiera sido un poco difícil de explicar al resto de los compañeros y a nuestros padres que nos esperaban en la puerta del polideportivo. No me quedó más remedio que contarle a Claire parte de mi problema ya que no se creyó ninguna de las mentiras que la solté, ni que “me había sobreexcitado”, ni que “lo había hecho tan bien que”, nada, que no colaban. Por lo que me dijo, se impresionó y no sólo por la cantidad de líquido sino por el tamaño que habían llegado a alcanzar mis testículos y me pidió el teléfono para llamarme otro día y salir juntos. Por supuesto le di todos los que tengo.
Así fue como me convertí en el proveedor oficial de la comunidad tenística de mi ciudad, pero ese es otro pecado y no quiero mezclar arrepentimientos.


martes, 3 de marzo de 2009

Cap. 2: Mi primera vez

Cuando tienes una joroba en tu espalda, nadie te preguntará jamás cuando te vas a echar novia, si por el contrario, eres deportista y físicamente no eres deplorable, la pregunta en cuestión te la plantean casi todos los días. La necesidad de tener una novia o la posibilidad de tener una relación sentimental con alguna chica no era algo que me pareciera urgente, ni tan siquiera me parecía necesario. Pero las cosas no funcionan así, uno a veces no hace lo que quiere sino lo que quieren los demás, y cuando se trata de mujeres esto se cumple por partida doble. En primer lugar porque realmente lo que nosotros queremos no es lo que ellas quieren y segundo porque para obtener lo que realmente queremos debemos dar lo que ellas quieren, impidiendo que consigamos lo que nosotros queríamos.
Conocí a Jane en el baile del instituto, a pesar de su nombre no era una estudiante de extranjera ni nada parecido, su madre era una seguidora incondicional de las películas de Tarzán. Siempre me quedé con la duda de saber que nombre le hubieran puesto a la pobre en el caso de haber sido un varón. Creo que Jane se quedó conmigo ese día en el baile porque fui el único chico que cuando se la presentaron no dijo "tu Jane, yo Tarzán", la falta de sensibilidad de la gente me repugna. Estuvimos charlando y bailando durante un par de horas antes de ir a los reservados a meternos mano, que al fin y al cabo era el objetivo principal de estos bailes. De Jane principalmente me llamaron dos cosas la atención, se comportaba como los chicos y tenía unas grandes tetas, y no en ese orden, pero obviando la segunda sobre lo que se puede aportar muy poco, la primera y teniendo 16 años era muy chocante. Pedía birras y no cervezas, te daba golpes con el hombro cuando soltabas alguna gracia y jamás te tocaba el pelo.
Los recuerdos que tengo del reservado me dejaron un gran sabor de boca, supongo que aquel enorme chicle de menta que estuvimos intercambiando durante casi dos horas tuvo mucho que ver, aunque supongo que también influyeron mucho sus grandes tetas. Todos los muchachos estamos acostumbrados a espiar las tetas que tenemos en casa, ya sea por proximidad o por desfachatez es lo que hacemos todos, pero estas no eran familiares, eliminaban ese clima de culpabilidad de las otras y además podría llegar a tocarlas montándotelo medianamente bien. En mi caso me lo monte muy bien, aunque he de reconocer que las cosas no son tan sencillas como a simple vista parecen, todo tiene su truco y nunca mejor dicho. Tardé unos diez minutos en soltar el broche del sostén, una especie de conjura entre corchete y agarrador anti-dedos torpes que me impedía acceder al tesoro. Cada vez más nervioso, notaba como se retorcía, giraba y se enredaba sin éxito alguno. Recibí un primer aviso como los toreros malos, ese "te ayudo" provocó más nerviosismo. Al final no sé muy bien como lo hice, puede que se soltara solo, el caso es que la grandeza se derramo como una marea sobre un dique roto. No comprendo cómo pueden llevar esas ortopedias sin crearles un trauma. Por cierto ¿se ha fijado que en las películas cuando a una chica le quitan el sostén nunca la quedan marcas? A parte de ese pequeño inconveniente y la sorpresa que se llevó cuando me tocó el paquete todo fue bastante normal. Después del faje, recuerdo los comentarios jocosos por parte de ambos, en un tono gracioso pero respetuoso. Algo así como ¿no nos vamos a hacer daño, verdad?, los dos teníamos grandes atributos que ofrecer y que ocultar, en mi caso os puedo asegurar que dos horas de enfebrecida erección habían producido tal cantidad de semen que la mano de Jane apenas era capaz de abarcar mis pelotas, y su caso, a pesar de no generar leche como yo, era imposible que ninguna de mis manos acogiera la inmensidad de uno solo de sus pechos.
No debí portarme muy mal con ella ya que al finalizar el baile me dijo que si quería podía llamarla cualquier día para salir y tomar algo, recorrí todo el camino a casa tragando saliva, supongo que como recuerdo del chicle.
Tras unas cuantas citas nos propusimos, es la única forma que tengo de explicarlo, tener un primer encuentro realmente sexual, algo que provocase enfriamiento y no calentura como los anteriores. Una vez tomada la decisión empezó una carrera frenética para obtener la infraestructura necesaria para llevarlo a cabo, como verán me he puesto en plan muy profesional, porque siempre he creído que las cosas hay que hacerlas bien si vas a hacerlas y si no es mejor dejarlas. El lugar elegido fue mi casa por ser menos peligrosa, la ausencia de hermanos y padres durante periodos más o menos largos hacía menos arriesgada la situación. El momento que estábamos buscando apareció cuando mis padres dijeron que el fin de semana nos íbamos al pueblo, me surgió de repente un partido crucial ese sábado y no podía ir a ver a la abuelita, con la ilusión que me hacía, una verdadera lástima. Ya tenía casa.
La única contrariedad fue la seguridad, con todo ese ajetreo había olvidado mi pequeño problema médico, no fabricaban preservativos con depósito de litro. Después de pensar profundamente en el problema, decidí que la única alternativa viable era adoptar dos métodos de protección que se complementasen. Supongo si se lo contará a la gente, algunos graciosos pensarían "este se pone una bolsa de basura en lugar de un preservativo" o "metete una sonda capullo", claro es divertido cuando el problema no es tuyo, pero con 16 años la cara llena de erupciones de acné y una erección permanente, la perspectiva no es la misma. Como le decía, la única alternativa que se me ocurrió fue la de utilizar dos métodos anticonceptivos que se complementasen. Si desglosamos el problema punto por punto veremos que la solución es simple, por un lado tenemos un problema de eyaculación, esta eyaculación como ya sabemos no cabe en un preservativo "normal", por otro lado, no existen preservativos "anormales" tipo bolsa de basura como pensaba el gracioso. Si el preservativo es un elemento obligatorio y no puedo eyacular dentro de él, la solución es simple, utilizo el preservativo para el coito y en el momento de eyacular me lo quito.
A esta solución a priori simple, le faltaba algo por solucionar ¿cómo iba a reaccionar Jane? Me planteé contarla mi problema antes de llegar al momento cumbre, pero lo descarté enseguida, finalmente decidí explicárselo después, así al menos me quedaría el buen sabor de boca. Todo estaba preparado para la gran cita, las escopetas cargadas y las dianas preparadas, los medios, la infraestructura y el tiempo perfectamente coordinados. Mis padres se fueron el viernes por la tarde, alrededor de las ocho fuimos a mi casa, merendamos y nos dedicamos a mirarnos tiernamente sentados en el sofá, había llegado el momento y ninguno daba un paso adelante. Muy lentamente entre sonrisas forzadas nos fuimos relajando, hasta conseguir que el encuentro fuera uno más, chicle incluido. Todo discurrió sin grandes sobresaltos ni torpezas, fue ella la que desató el maldito sujetador y salvo algún pequeño rifi-rafe con el condón, nada importante. Logré arrinconar en una esquina de mi cerebro las imágenes mentales de la cara de Jane cuando viera lo que se le venía encima.
Estaba tan feliz, tan sofocado y jadeante, que no me daba cuenta que llegaba el final, noté una presión en la parte baja de mis testículos, sin lugar a dudas, aviso que me advirtió de que el gran momento se acercaba, me olvidé de Jane y de mi cerebro y me dediqué a sentir, notar como el semen entraba en ebullición en su gran cazuela.
Fue fantástico. Tras un último intento por retrasarlo me mantuve firme con el guión establecido, la saqué precipitadamente y arranqué de un tirón el preservativo. Lo recuerdo como si lo viera en cámara lenta, el primer chorro salió disparado como por una catapulta, volaba y volaba, con una trayectoria ascendente dibujó un arco en el aire y terminó cayendo por encima de la cabeza de Jane que levantaba los ojos siguiendo la trayectoria del chorro. Miraba asombrada hacia arriba cuando salió el segundo goterón, más caudaloso que el primero, su trayectoria fue más corta y cayó como un cubo de agua fría en la cara de Jane. Recuerdo nítidamente su expresión de sorpresa intentando esconder la cara, abrió la boca para expresar su conmoción cuando la alcanzó el tercer chorretón. Con una precisión envidia de los mejores artilleros del capitán Morgan, entró en la boca abierta golpeando la campanilla. No fue música lo que provocó exactamente, a partir de ese tercer obús, todo fue confusión, yo seguía eyaculando como suele ser habitual en mí, y Jane se revolvía en la cama, intentando salir de entre mis piernas, sacudiendo sus enormes tetas, no podía esconderse de las salvas que le caían.
Creo que si no hubiera sido por ese repique de carillón, mi relación con Jane aún podría haberse salvado. Tuve que limpiar la habitación y el pasillo de leche y el cuarto de baño de su vomitona. Creo que no comentó nada a sus amigas de la pandilla, lo que hubiera sido mi ruina social, ya que supongo que la situación no la dejaba en muy buen lugar.
Esta primera vez, a pesar del resultado final no fue traumática para nada, he de confesar que me sentía orgulloso, había logrado que la chica tuviera un orgasmo antes de tener yo el mío y lo otro, bueno forma parte de mi problema por lo que tampoco hay que darle tantas vueltas, ni exagerar las cosas, un poco de leche no le hace daño a nadie.

lunes, 2 de marzo de 2009

Cap. 1: Mi problema ...

-Padre, confieso que mi mayor pecado es el sexto. No me veo libre de pasiones ciegas y además creo que no me respeto a mí mismo. Me masturbo diariamente y no una, si no varias veces.

-Pero hombre, ¿No tienes fuerza de voluntad? Mira que te vas a desgastar, ya sabes lo que dicen los médicos, el hombre tiene una canana llena de balas, hijo mío, si las gastas en salvas, no te quedarán para matar pájaros.

-Ya padre pero no puedo evitarlo, mi problema…

-¿Cómo tu problema? ¿A qué te refieres con problema?

-Verá padre, con apenas 15 años me detectaron una enfermedad, “la pequeña molestia” como la definió el médico que me la diagnosticó. Es una de esas raras enfermedades sin cura que padecemos los humanos y que hacen que la vida no transcurra como se planeó en un principio.

Aunque el nombre es difícil de recordar, los síntomas no lo son, básicamente consisten en que mis testículos no dejan de producir liquido seminal, si como lo oye, si fuera un chiste ya estaría doblado de la risa, pero cuando es uno el que lo sufre el cantar no es el mismo.

El hecho de no expulsarlo, implica una hinchazón que se va agravando a medida que me contengo, como comprenderá acepté de inmediato la única solución que me propuso el buen doctor, sacarlo de mi, exorcizarlo. Todos los días, cada hora si fuera necesario, y bien sabe dios que muchas veces es necesario.

Recuerdo como si me estuviera pasando ahora la cara de mis padres cuando nos comunicaron no sólo el diagnóstico sino el remedio, estábamos los tres en la consulta del doctor, una de esas salas blancas que huelen a formol o a desinfectante, yo de píe poniéndome los pantalones y mis padres sentados delante de la mesa del médico. A mí se me escapó una risita, pero a mi madre se le cayó la mandíbula. La mirada de mi padre me cerró la boca y aceleró considerablemente la velocidad con la que me estaba vistiendo. En cuanto finalizó el revuelo de ropas y de lamentos, nos encaramos los tres a la vez con el médico, pidiéndole explicaciones y buscando culpables. Yo sólo pensaba en todo ese trabajo extra que me iba a suponer la enfermedad, entre el colegio, la academia de inglés, las clases de recuperación de matemáticas, el violín y el judo, no me quedaba ni media hora libre, y ahora además me tenía que matar a pajas, con lo que cuesta hacerse una. No, no tenía que haber algún error.

Empecé a exigir a voces que tenía que dejar el judo y el violín si querían que cumpliera con mi nueva obligación, imagínense que estoy en plena sinfonía violinística, y justo cuando mis dedos arrancan el si bemol (los aficionados al violín sabrán que es la parte donde tienes que aplicar más sentimiento) me lastimo la muñeca, adiós a deshinchar nada. Claro que podría ser peor si armado con mi kimono blanco inmaculado subido en la colchoneta (me niego a llamarla tatami por muchas abdominales que me haga hacer mi maestro), enfrentado al gordo de mi vecino. Mirándonos simiescamente, el más que yo por supuesto, nos lanzamos uno a los brazos del otro, forcejeamos, y como siempre él me pone su sobaco en las narices, me resisto, engancho el hombro con sus piernas y un esguince de codo. Adiós a las sacudidas durante un mes y al escroto para el resto de mi vida.

Mezclándose con mi aflautada voz de quinceañero que exigía una reducción de la jornada laboral, mi padre no hacía otra cosa que insistir en que se le aclarase todo este mal entendido, su hijo no podía tener una enfermedad de esas, ya que ni él, ni su padre, ni el padre de su padre las habían tenido nunca y no iba a ser su hijo el primero en romper un record tan extraordinario en cuanto a la calidad de los genes se refiere. Una larga tradición familiar de troskistas sanos y del Real Madrid estaba a punto de romperse y por ahí no estaba dispuesto a pasar, faltaría más. Además, le explicaba al medicucho ese, que él era ferroviario y que leía todos los meses el Muy Interesante, en ningún número hablaban de algo parecido a lo que él decía, ni tan siquiera en el especial aquel en el que describían las cosas raras que hacen los hombres por dinero. Estaba claro, iba a tener que hablar con los de Comisiones para aclarar todo esto, no se puede permitir que haya médicos en el servicio público que hagan esas insinuaciones, era obvio que alguien se estaba equivocando.

Mi madre, más pragmática que duda cabe, se centró sobre todo en dejar claro que si era uno de esos programas con cámaras falsas, no tenía ninguna gracia y que si no era eso, pues que ¿qué íbamos a hacer con todo ese líquido que yo tenía que sacar?, ¿cómo iba a ser capaz de hacerlo yo solo? y un montón de preguntas de ese estilo que sin duda, fueron las que dejaron al médico sin habla. Evidentemente, mis exigencias además de justificadísimas tenían todo el sentido del mundo, por no hablar de las de mi padre, que pensándolo fríamente tenía toda la razón para estar enfadado. Y no sólo con el médico, sino con la seguridad social y con el sistema financiero impuesto por los capitalistas de la reserva espiritual de occidente. Después de una hora larga intentando darnos explicaciones los unos a los otros, nos dimos cuenta que la cuestión estaba clara, y es que a pesar del abatimiento que le había entrado al buen doctor por todo lo que había tenido que oír, yo no tenía cura y el médico no era culpable de nada. La definición “pequeña molestia” era una cruel realidad, como cuando en el telediario nos cuentan sobre los daños colaterales y vemos las imágenes de camas de hospital y de gente con vendas pero sin piernas, estaba jodido.

A partir de ese momento yo viví de una manera un tanto equívoca, es lo que se llama consternación post-dolencia y no sabía muy bien, ni qué hacer ni como.

Los primeros días, mi casa se convirtió en la Asamblea de la ONU, buenas palabras pero sin soluciones. El tema se las traía como sin duda comprenderá y cada miembro de la familia reaccionó de una forma. Mi padre empezó a buscar sinónimos, semen, pene, masturbarse o eyaculación no entraban dentro de los vocablos que se pueden utilizar, y doy fe que las encontraba. Jamás pensé que mi padre pudiera tener imaginación, de hecho estaba seguro a pesar de su bolchevismo reconocido, que me concibieron por carta como a casi todos en la época de Franco. La primera vez que oí a mi padre usar la expresión “abanicar el pavo” me planteé parar el Talgo Guadalete-Logroño con la cabeza, lo malo de la idea era que el conductor podría ser un compañero de mi padre y tampoco era plan. Expresiones como “regar las flores” o intentar responder a preguntas como “¿Has realizado los tocamientos que tu miembro viril necesita?” pueden marcar a cualquier adulto, dejándolo aparcado en la esquizofrenia, imagínense lo que pueden hacerle a un niño de 15 años. Busqué durante días una tienda de esas con dependientes pequeños, que ni te entienden ni los entiendes para comprar una katana sin que me pidieran carné de manipulador.

En cuanto a mi madre, se pasaba el día pegada a mis talones, ya saben, una madre es una madre y gracias a dios sólo tenemos una. ¿Estás bien hijo? ¿Necesitas alguna cosa? Esto no es como cuando tienes tos y tu madre te acosa hasta que te tomas el jarabe, que no, que no, que no es igual. Cómo le dices a tu madre que lo que necesitas es un desahogo. Pero claro, lo peor sin duda alguna estaba por venir. Tenía que estar atento ya que en cuanto me descuidaba aparecía la cabeza de mi madre, “¿qué ya has…?”, “si mama ya he…” en fin, todo un panorama. Imagíneselo por un momento, ya sé que no padre, pero imagínese en su habitación en penumbra, mi vecina del sexto B, haciendo un desnudamiento ante mis narices, tarara, tarara. Mi mano siguiendo la terapia y mi polla morcillona como si no se creyera que esa preciosidad estaba haciendo el numerito para mi (y tiene razón, yo tampoco me lo creería, pero como el sueño es mío y la necesidad también, pues eso), dale que dale, mi muñeca echando humo y mi cerebro que se estruja para aportar nuevos detalles que me mantengan al menos la media erección para poder descargar. “Si muñeca si, menéate, que te vea los bajos fondos” (lo he oído en las películas, a esas chicas se las llama muñecas y se las habla con monosílabos) justo cuando el asunto empieza a estar duro, el chirrido de la puerta y la cabeza de mi madre “¿qué hijo ya has…?”, “joder mama, no, no he …, y si no me dejas tranquilo no voy a poder …”. Por supuesto a pesar de tener la respuesta en la punta de la lengua me la trago. “Si mama, ya he…” mientras escondo el fiambre en los calzoncillos.

El último miembro de la familia, es decir el mío y el más directamente implicado sufrió lo que llaman un exceso de presión y dejó de funcionar, se hace duro perder la confianza en uno mismo, pero perderla en el mejor y único amigo que te queda es bastante peor. En una semana la situación se hizo insostenible, mis huevos pesaban cinco veces más, mi padre medía cinco veces menos, y a mi madre la tuvimos que llevar al hospital cuando en lugar de preguntarle a mi padre que se si se había terminado los huevos le preguntó si se los había vaciado. Caótico ya le digo y mis huevos seguían hinchándose, se confirmaban los síntomas que dijo el médico. Me llevaron a urgencias, no me podía sentar, andaba como si estuviera escocido y ni los pantalones ni los calzoncillos me valían.

En urgencias, no creo que supieran lo que me pasaba, pero corrían de todas formas, el único que estaba más o menos quieto era yo y si le tengo que confesar algo, lo hacía porque moverme me costaba horrores, con todo eso entre las piernas. Usted cuando se sienta, instintivamente separa las piernas y reclina el culo, bueno pues cuando yo hacía eso los huevos tiraban de mi escroto hacia el suelo como si estuvieran bajo una gravedad de 12g, y eso que ni tan siquiera sé lo que significa, pero lo leí en un libro de ciencia ficción y me gusta como suena, por eso se lo digo a todo el mundo cuando les explico lo que siento cuando tengo los testículos hinchados. Menos mal que no tenía la femenina costumbre de cruzar las piernas. La consulta del médico que me atendió, se convirtió en un pasillo de museo, todos querían ver al monstruo, cuando terminamos de explicarle mi caso al vigésimo primer médico que vino a verme, entró nuestro doctor, jamás pensé que me alegraría de volver a verle pero así fue. Como una vaca que espanta moscas con el rabo fue echando a todos los especialistas que habían bajado a verme, el de hinchazones, el de aparatos reproductores y el de las fotocopias que no se creía que alguien pudiera tener los huevos de ese tamaño, en fin a todos. Cuando el doctor les dijo que dejaran de tocarme los huevos, empecé a querer un poco a mi padre, pensé que le mataba. Tras lo que ellos llamaron un tratamiento de urgencia y que consistió en dejarme encerrado dos horas con dos ejemplares del Interviu del 76, una enfermera nueve años mayor que la revista (gran año ese sin lugar a dudas) y un bote de aceite corporal, salí por mi propio pie del hospital, mucho más desinflado y mucho más relajado, todo hay que decirlo.

Poco a poco la situación en casa se fue normalizando, tuvimos alguna que otra crisis pero nada que no se pudiera arreglar con un Interviú y una enfermera solícita, aunque para ser del todo sincero, de estas últimas no había demasiadas. Mi cuarto recibió un cerrojo, fue una de las condiciones impuestas, un vídeo y una televisión y yo una suscripción al playboy y una tarjeta con crédito para los canales de pago por visión, ya saben, para el fútbol.

Mi padre también cambió, se compró la enciclopedia de la heráldica, creo que estaba intentando descubrir el error genético de mi enfermedad y se dio de baja del Muy Interesante. No he logrado que hable como las personas normales, ya saben, un “dardo de amor” no es un pene ni aquí ni en ninguna película porno que yo haya visto, pero está convencido de que me equivoco. Mi madre es la que mejor ha aceptado todo esto, según sus propias palabras ha profesionalizado su actitud, está en esa fase “hoy es hoy y ayer también”. Se ha sensibilizado con la problemática y está adoptando una actitud como la de esos personajes que salen en la tele a menudo y teorizan sobre cosas tan singulares como el fútbol, puede parecer una estupidez tener teóricos y filósofos al respecto, bueno pues mi enfermedad también. Ahí está mi madre para demostrarlo. Veo en el telediario las noticias del fútbol y un tipo le dice al micrófono ”el esquema defensivo de no sé qué equipo es muy rígido” y mi madre le responde “la rigidez del pulgar durante la masturbación hace que el sistema sea muy defensivo”, el tipo este del flequillo continúa como si los comentarios de mi madre no hicieran mella en su contrato multimillonario, “es mejor jugar con dos delanteros y un media punta”, mi madre no se arredra y contraataca ferozmente “mientras con una mano sujetas tus testículos, con la otra sacudes con vigor el miembro”.

Realmente es la que mejor se adaptó, aunque logró que no volviera a ver el telediario.